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España > Huelva > Encinasola
16-03-13 15:11 #11150830
Por:161111

Craso
Marco Licinio Craso, (Gordo)
Marco Licinio Craso, general romano de legendaria fortuna, perdió la cabeza -literalmente- por subestimar la estrategia bélica y el potencial de los partos.

'Craso error', es una expresión que utilizamos para indicar que hemos cometido un error fatal, una gran equivocación que -difícilmente- podremos subsanar. El origen de esta expresión se remonta al siglo I antes de Cristo. La expansión de Roma por el Mediterráneo generó multitud de batallas, algunas, como en este caso, no siempre en favor de los romanos y que marcaron la decadencia del Imperio. De una de ellas y de la desastrosa planificación de un general romano proviene esa expresión que denota un error, de graves consecuencias.

Los 'Partos'

Partia se extendía hacia el 245 a.C desde el noroeste de Irán hasta el sur de Turkemenistán. De las estepas nacían caballos capaces de recorrer grandes distancias a orillas del Caspio para defender el territorio y el comercio en la ruta de la seda. De esas tierras provienen los temidos jinetes Partos. Tras la etapa aqueménida Partia pasará a ser gobernada por Nicanor Demetrio, 'el conquistador de la historia.
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16-03-13 15:18 #11150839 -> 11150830
Por:161111

RE: Craso
Marco Licinio Craso Dives

(c. 115 a.J.C.-53 a.J.C.) Político romano que formó el primer triunvirato junto con Julio César y Pompeyo el Grande. Apoyó a Lucio Cornelio Sila en la guerra civil (83-82 a.C.) frente a Cayo Mario el Joven; tras la derrota de Mario en Preneste (82 a.C.), sus propiedades y las de sus partidarios fueron confiscadas, lo que permitió a Craso amasar una gran fortuna que aumentó rápidamente a la sombra de Sila, llegando a ser el hombre más rico de Roma.


Craso

De talante ambicioso, durante los años siguientes se serviría de sus riquezas para favorecer sus intrigas políticas. En 71 a.J.C. aplastó en Lucania la rebelión de esclavos encabezada por Espartaco. Aliado con Pompeyo, obtuvo con él el consulado (70 a.J.C.), durante el cual apoyó las conspiraciones de Antonio y de Catilina, pero sin implicarse demasiado.

En 60 a.J.C. formó, junto con Pompeyo y Julio César, el primer triunvirato. Enfrentado a Pompeyo, marchó a Siria como gobernador. Allí, para emular las victorias de su rival Pompeyo, emprendió una precipitada campaña contra los partos (54 a.J.C.): invadió parte de Mesopotamia y tomó Jerusalén, pero, tras las primeras victorias, fue vencido por los partos en la desastrosa batalla de Carre. Craso trató de negociar la paz, pero en el transcurso de las conversaciones fue asesinado por orden del general parto Surena. La muerte de Craso supuso el fin del triunvirato, y condujo a la guerra civil entre Pompeyo y Julio César.
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16-03-13 15:22 #11150846 -> 11150839
Por:161111

RE: Craso
Según nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural (Naturalis Historia) hubo un cónsul romano, Lucio Licinio que adoptó el “apellido” de Murena (morena) por su afición a estos animales, incluso llegó a construir un vivero donde las criaba. Fue gobernador de la Galia Transalpina y poco antes de ser nombrado cónsul, 62 a.C., fue acusado de soborno y defendido, con acierto, por Cicerón y Marco Licinio Craso (después triunviro). Otro Craso, tío de Marco Licinio Craso, fue un caso particular en su devoción, y digo bien, por estas “serpientes de mar”:


Se cuentan cosas encantadoras de la murena del romano Craso que iba engalanada con pendientes que llevaban incrustadas piedras preciosas igual que una moza lozana; que, si la llamaba Craso, reconocía la voz, emergía a la superficie, y que, si le ofrecía, fuera lo que fuera, ella lo tomaba prontamente y lo comía con sumo apetito. Y ocurrió, según tengo oído, que cuando esta murena dejó este mundo, Craso lloró por ella y hasta la enterró. Y, cuando una vez Domicio le dijo: ‘¡Tonto que lloraste por una murena que se murió!’, él replicándole, le espetó lo siguiente: Yo lloré por un animalillo, tú, en cambio, que enterraste a tres esposas no has llorado por ellas”
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16-03-13 15:35 #11150866 -> 11150846
Por:161111

RE: Craso
Marco Licinio Craso


Dicen los saberes populares que la avaricia rompe el saco. Cuanto más grande será el daño resultante si esa avaricia no tiene límites y llega a poseer totalmente a su presa privándola de toda lógica y sentido común para terminar precipitándola al abismo.
Los sucesos históricos que voy a describir son un claro ejemplo de uno de los mayores males que amenazaban la existencia de la República Romana en sus últimos años. La ambición desproporcionada de hombres que por anteponer su interés al de su patria se embarcaron en empresas que les venían demasiado grandes. Hombres que disponían de los mejores ejércitos del mundo entonces conocido al servicio de sus intereses privados y que cegados por su ambición, costaron a Roma la vida de miles de sus hijos.



I. ANTES DE LLEGAR A SIRIA:


Durante su segundo consulado, en el año 54 a.C., Craso y Pompeyo hicieron que se prorrogara el mandato de César como procónsul en la Galia por cinco años. Así mismo, hicieron que se les otorgase a ellos también un proconsulado por el mismo periodo de tiempo. Las provincias más apetecibles eran Siria y las Hispanias. Lo echaron a suertes y al final le tocaron éstas a Pompeyo y aquella a Marco Craso.


Nunca ocultó éste último su ilusión por lo que tramaba. Pretendía emular a sus compañeros de triunvirato en fama militar y satisfacer al mismo tiempo la mayor de sus debilidades: su enorme avaricia. Hasta tal punto estaba dominado por ella que lejos de considerarla un defecto la tenía por virtud y despreciaba a aquellos que carecían de la misma. Ni aún en presencia de extraños disimulaba Craso el entusiasmo que le producía su inmediato futuro.


Dejándose llevar por sus fantasías se veía a si mismo como un nuevo Alejandro Magno llegando hasta la India y aún más allá. Estas cosas sorprendían a aquellos que lo conocían porque aunque Craso siempre había sido un hombre ambicioso podía presumir de tener una cabeza muy bien amueblada y nunca había sido jactancioso ni se había dejado llevar por la avaricia hasta el punto de perder la lógica. Era realmente chocante que a su edad, que ya pasaba de los sesenta, profiiera expresiones pueriles y carentes de sentido ilusionado como un niño cuando hablaba de tales cosas. En mi opinión esa actitud, extraña en él para sus contemporáneos, refleja hasta cierto punto que la edad le estaba jugando una mala pasada y ello lo corrobora las necedades que cometería después en la expedición.
No se dijo nada sobre una guerra con los Partos cuando se aprobó legalmente el reparto de las provincias entre él y Pompeyo. Aquellos no eran ninguna amenaza para Roma en ese momento y solían estar más ocupados en sus luchas internas por el poder que en la posibilidad de extender sus dominios. Por otro lado, nunca habían vulnerado los acuerdos suscritos en su día por Sila, ratificados posteriormente por Lúculo y Pompeyo, que señalaban el río Eúfrates como frontera natural entre Roma y Partia.




Sin embargo, quienes conocían bien a Craso sabían que no se conformaría con explotar Siria pues para ello no era necesario un ejército tan numeroso como el que pretendía desplazar hasta allí. Su excusa era que al no ser Siria una provincia estable le haría falta un buen ejército para defender los intereses de Roma. No obstante, siete legiones más los auxiliares que tenía reclutados y los que pensaba reclutar era una cantidad de efectivos militares demasiado grande como para engañar a nadie. El mismo César, su amigo y deudor, le escribió desde las Galia felicitándole por el resultado del sorteo y diciéndole que se diera prisa en ir a la guerra pues sin duda no tardaría alguien en tratar de ponerle impedimentos legales. No se equivocaba César. En Roma se olía desde lejos lo que pretendía Craso y un grupo de hombres encabezados por el tribuno de la plebe Ateyo Capitón quiso oponerse a la expedición.


Para poner freno a Craso intentó Ateyo atraerse a Pompeyo, pero éste era fiel a lo pactado con sus compañeros de triunvirato y tan grande en auctoritas en ese momento que sólo gracias a que lo vieron junto a Craso con aspecto risueño cuando se disponía a partir, no se atrevió nadie a armar alborotos. Aún así no se acobardó el tribuno e intentó impedir la partida de Craso ordenando que lo detuvieran. Los otros tribunos lo impidieron y de nada sirvió. Ateyo no dominaba a las masas como un Graco o un Saturnino y evidentemente Craso y Pompeyo eran peces demasiado grandes para él. No obstante no se dio por vencido y poniéndose en medio del camino por el que tenía que pasar Craso para salir de Roma, esperó que llegara hasta donde estaba él y lo maldijo públicamente invocando a dioses terribles cuya sola mención pública hacía estremecerse a cualquier romano. A más de uno se le pondrían los pelos de punta al oir al tribuno de la plebe soltar esas maldiciones. A efectos prácticos no le sirvió de nada porque lo quitaron del camino y Craso salió de Roma hacia Brindisi, pero indudablemente, esas maldiciones no cayeron en saco roto dado que aquellos que las oyeron o conocían las tuvieron presentes cada vez que algo no iba bien a lo largo de la expedición.


Al llegar a Brindisi se encontró Craso con que el mar estaba revuelto y había tormentas, pero ni aún así se detuvo a esperar a que los temporales amainaran como hubiera hecho cualquier persona cabal. Al contrario, embarcó de inmediato. En la travesía se perdieron varios barcos como era de esperar pero no pareció preocuparle demasiado al triunviro. Al llegar a la península Anatolia decidió continuar el viaje por tierra y atravesó Cilicia. Llegó hasta el río Eúfrates y lo cruzó con su ejército violando así el tratado de paz con los Partos.


Su primera incursión en terreno enemigo fue encaminada a reconocer el territorio de Mesopotamia. Además, tomó varias ciudades sin grandes dificultades pues muchas de éstas se rindieron sin luchar porque no esperaban el ataque ni estaban preparadas para defenderse. Otras, de origen griego o semigriego, esperaban la llegada de los romanos para librarse de la dominación de los Partos (1). En una de ellas llamada Zenodocia le mataron a cien de sus soldados, por lo que tras sitiarla con éxito y saquearla vendió a todos sus habitantes como esclavos. Sólo por esa nimiedad permitió que su ejército le saludara como imperator, un hecho vergonzoso para cualquier romano pues esa pequeña gesta no era merecedora de tal tratamiento. Tras tomar varias ciudades y dejar siete mil soldados de infantería y mil de caballería repartidos como guarnición entre ellas, se dirigió Craso con su ejército hacia Siria para pasar el invierno allí.
Silaces, el sátrapa parto de la zona, no pudo oponer seria resistencia por haberle cogido desprevenido el ataque y no contar con un ejército lo suficientemente numeroso para defenderse. Tras ser derrotado fácilmente en una pequeña batalla cerca de Ichnae en la que fue herido, logró escapar y se dirigió a darle la noticia personalmente.

Gobernaba en Partia en el año 56 AC el rey Phraates III que tenía dos hijos: Mitrídates y Orodes. Entre ambos intrigaron contra su padre y lo asesinaron. Tras esto, subió entonces al trono el mayor de los dos hermanos que gobernaría como Mitrídates III. Una vez rey, declaró Mitrídates la guerra a Artabaces de Armenia (2) que había sucedido a su padre Tigranes ese mismo año. Armenia era aliada de Roma y eso significaba la excusa perfecta para inetervenir allí. No obstante, como fue siempre habitual en la historia de Partia, continuaron
las luchas internas por el poder y la guerra con Armenia pasó a un segundo plano al enfrentarse Mitrídates con su hermano Orodes. Encabezados por el enérgico Surena, la facción de poder que apoyaba a Orodes destronó a Mitrídates, lo que empujó a éste a buscar la alianza con Roma. Una Partia dividida por una guerra civil era un manjar demasiado apetecible como para ser ignorado por un gobernador romano en Siria y seguramente Aulo Gabinio, que por aquel entonces desempeñaba ese cargo, se frotó las manos pensando que a río revuelto ganancia de pescadores.


La provincia romana de Siria era un auténtico nido de avispas. Los judíos nunca habían aceptado su forzosa incorporación al mundo romano y continuamente se sublevaban. De hecho, fueron el único pueblo de Siria al que Pompeyo se vio obligado a someter por la fuerza lo que tuvo como consecuencia que les hicieran pagar unos impuestos superiores a los de otros pueblos de la zona. A todo esto había que sumarle los constantes ataques de los pueblos árabes vecinos. Debido a que los tres primeros gobernadores romanos de Siria: Escauro, Marcio Filipo y Léntulo Marcelino se pasaron sus respectivos dos años de mandato defendiéndose de los ataques árabes y controlando a los judíos, decidió el senado de Roma que los futuros gobernadores de esa provincia tendrían el rango de procónsules para que de esa manera tuvieran la potestad de levar tropas y declarar la guerra en nombre de Roma si lo consideraban necesario.


Gabinio fue el primero de los gobernadores romanos de Siria con ese rango. Su gobierno en la provincia no fue precisamente un camino de rosas. Para empezar se vio obligado a aplastar las rebeliones encabezadas por Alejandro, hijo del rey judío Aristóbulo y de éste último una vez consiguió escapar de Roma donde había sido llevado prisionero en su día por Pompeyo. Tras estos sucesos, se dedicó a preparar un ejército para atacar a los pueblos árabes vecinos cuando le llegó la petición de Mitrídates III de Partia para que le ayudara a recuperar su trono. Gabinio no se lo pensó dos veces y olvidándose de los árabes comenzó a preparar el ataque a Partia. Sin embargo, cuando la guerra con el país oriental era ya inminente le llegó la petición de otro rey destronado. Esta vez se trataba de Ptolomeo Auletes (3) que le pedía ayuda para restaurarlo en el trono de Egipto, del que había sido derrocado, a cambio de una gran suma de dinero.

Posiblemente por parecerle una empresa más sencilla y a la vez lucrativa decidió Gabinio dar prioridad a la petición del Ptolomeo y al frente de sus tropas se dirigió hacia Alejandría para reponerlo en el trono. Evidentemente si llegabas a ser gobernador de Siria en esa época y no te hacías rico era porque no querías.



Entre tanto, Mitrídates III de Partia, con todo en su contra, no tuvo más remedio que refugiarse en Babilonia que junto con Seleucia del Tigris se declaró a favor del mayor de los dos hermanos que luchaban por el trono. Los romanos no llegaron en su ayuda porque Gabinio estaba en Egipto. El que si llegó fue el temible Surena al frente de un poderoso ejército. Éste, tras tomar la ciudad de Seleucia, rindió por hambre a Babilonia. Como era de esperar, Mitrídates III fue capturado y ejecutado por orden de su hermano, el nuevo rey Orodes II de Partia.




El fin de la guerra civil en Partia fue un duro revés para Gabinio. Además tuvo que someter una nueva rebelión de los judíos que había estallado durante su estancia en Egipto. Sin embargo no se echó atrás el romano en su intención de atacar a Partia tras aplastar la citada rebelión. Sería una empresa más complicada pero igualmente sacaría tajada del asunto. Ya lo tenía todo dispuesto cuando los caprichos de la diosa Fortuna tomaron otra dirección y mudaron su suerte. A finales del 54 a.C. llegó a la provincia de Siria el cónsul Marco Licinio Craso y le relevó del mando. Para colmo, Gabinio fue llamado a Roma por el Senado, se le acusó de concusión y se le condenó al destierro.


La intervención armada en Egipto estaba prohibida por los libros de la Sibila porque traería mala suerte. Al final la profecía se cumplió, pero en el propio Gabinio.



Al llegar a Siria para pasar el invierno se unió a la expedición de Craso su hijo Publio que traía consigo mil jinetes eduos, regalo de César, para reforzar su caballería.


Ya a esas alturas había cometido Craso un error imperdonable. Al cruzar el Eúfrates por primera vez y apoderarse de varias ciudades había puesto en guardia a los Partos y les había dado tiempo de organizarse mientras los romanos pasaban el invierno en Siria. Perdió por tanto el factor sorpresa que tantas veces es decisivo en una guerra y le concedió al enemigo un tiempo precioso para organizarse. Posiblemente Craso se daba cuenta de ello pero desconocía el verdadero potencial de su enemigo. Sin duda subestimaba a los Partos y pensaba que vencería sin grandes complicaciones. Si hubiera proseguido su avance durante la primera incursión en territorio enemigo aprovechando el factor sorpresa y hubiera pasado el invierno allí en vez de regresar a Siria, posiblemente habría ganado todo el territorio al este del Tigris sin demasiadas complicaciones. Por otro lado sólo se hizo con el control de aquellas ciudades que podía tomar por un asalto repentino desechando la posibilidad de hacerse con otras. Gran parte de los siete mil soldados de infantería y mil de caballería que dejó en las distintas guarniciones de las ciudades tomadas fueron presa fácil del contraataque parto que ocurrió estando Craso en Siria y se perdieron inútilmente. Según Plutarco, en muchas ciudades estas guarniciones eran en la práctica prisioneros de las mismas.





Durante el invierno en Siria siguió cometiendo errores.
En primer lugar no ejercitó a las tropas, con lo que ello supone de relajamiento de la disciplina y de estado de forma de los soldados.

En segundo lugar se dedicó a escribir a todos los pueblos y autoridades de la zona haciéndoles saber el número de hombres que debían poner a su servicio o la cantidad que debían pagar para no tener que ceder a esos hombres. Con eso se ganó gran descrédito y desprecio al tiempo que enlodaba con su avaricia el nombre de Roma y ponía en juego la estabilidad de una zona que ya de por si era inestable. Más aún cuando ordenó "recaudar fondos para la guerra" a costa de despojar de sus riquezas a los templos y santuarios de la provincia. Tal vez fuera éste el motivo real de que decidiera invernar allí. Entre los templos más importantes que despojó de sus riquezas se encontraba el de los Judíos en Jerusalén. Ya en su día dolió y mucho al Pueblo Judío que extranjeros pusieran al descubierto el recinto sagrado de su Templo que hasta entonces había permanecido sin ser visto (4). Más aún, cuando Pompeyo entró con los suyos en la cámara del santuario, hecho que sólo era permitido al Sumo Sacerdote. Allí se encontró Pompeyo con

muchísimos objetos sagrados de oro y un tesoro de casi dos mil talentos. Sin embargo no se apropió de nada sino que dejó todo tal como estaba y respetó las costumbres hebreas, con lo que se ganó al pueblo por su benevolencia. Craso en cambio se apropió de todo lo que había allí haciendo brotar la semilla de un rencor hacia los romanos que duraría generaciones.


En tercer lugar, una serie de presagios negativos empezaron a desmoralizar a la tropa no sólo estando en Siria sino durante el viaje posterior a lo que había que sumar las maldiciones de Ateyo. Sabiendo Craso lo supersticiosos e impresionables que eran los soldados romanos con este tipo de cosas, no se molestó en pagar a un adivino para que prometiera buenos augurios ni en tomar ninguna medida para que la moral de las tropas se mantuviera alta. Tampoco hizo caso a las sugerencias de sus oficiales cuando le pedían tiempo para intentar levantar la moral del ejército. Tenía demasiada prisa por adquirir nuevas riquezas y eso era lo único que ocupaba y preocupaba a su inmensa avaricia.



Durante el invierno, empezaron a llegar a Siria algunos soldados de las guarniciones romanas que había dejado Craso en las ciudades conquistadas y que habían conseguido escapar tras el contraataque parto. Éstos trajeron noticias de lo numerosos que eran los enemigos y de sus características, describiéndolos con todo detalle y advirtiendo de su peligrosidad. Los soldados romanos se llevaron una gran impresión al llegarles estas nuevas y empezaron a ser conscientes de que desconocían al enemigo al que se iban a enfrentar. Seguramente pensaban que sus ejércitos serían como los del Ponto y Armenia a los que Lúculo había derrotado contundentemente. Se les había vendido una campaña fácil con la que acumularían botín y gloria, pero parecía que eso no iba a ser así. Parte de sus oficiales llegaron a la conclusión de que el triunviro se estaba precipitando y que debía recapacitar sobre muchas cosas que había pasado por alto. Más aún cuando los agoreros no hacían más que dar presagios terribles de lo que se les venía encima a los romanos con la mella que hacía eso en los soldados. Marco Licinio Craso se negaba a prestar oídos a nadie que no fuera a sí mismo y a su avaricia.


La estrategia militar de Craso consistía en marchar directamente sobre Mesopotamia y tomar Seleucia del Tigris y Babilonia. Sabía que los Partos nunca contaron con las simpatías de las ciudades griegas y semigriegas de la zona y que muchas de ella les apoyarían para librarse de aquellos como ocurrió en la primera incursión en territorio enemigo. Para llegar hasta allí pensaba tomar el camino más rápido atravesando las llanuras de Mesopotamia. Esa estrategia era demasiado arriesgada porque para derrotar a los ejércitos partos en terreno llano había que contar con una caballería en condiciones de hacer frente a la suya. La caballería ligera con la que contaban los romanos no era la más adecuada para esa misión. Se exponía Craso a un enfrentamiento en espacios muy abiertos y llanos en los que las maniobras de los jinetes arqueros del enemigo, protegidos por su caballería pesada frente a la ligera del ejército romano, serían letales para las legiones.


El rey armenio Artabaces se lo intentó explicar pero el triunviro no le hizo caso. Aquél, al tener noticias de la expedición, venía junto a seis mil soldados de caballería que eran su guardia personal y decía traer otros diez mil jinetes con catafractas más treinta mil soldados de infantería para que se unieran a la expedición del triunviro. Como buen ave de rapiña, acudió a Siria para sacar tajada de las conquistas romanas. Aconsejó el rey armenio a Craso que atacara Partia desde Armenia pues su ejército estaría mejor provisto en su reino y tendrían un camino más seguro frente a la caballería enemiga ya que atravesarían montes continuos y collados además de otros sitios inaccesibles para aquellos. Los caballos medos que al igual que sus jinetes también llevaban cota de malla tendrían serias dificultades en ese terreno donde no serían efectivos frente a romanos y armenios. Si ambos ejércitos aliados caían sobre las tierras centrales de Partia al sur del mar Caspio en un ataque rápido y tomaban las ciudades principales como Ecbatana, el golpe podría ser decisivo para la guerra. Si además conseguían atrapar al rey Orodes y a su familia con vida la guerra estaría prácticamente ganada y en el caso de que este muriera posiblemente estallaría una nueva guerra civil entre los aspirantes a la sucesión, lo cual beneficiaría también a romanos y armenios.


Contestó Craso a Artabaces que prefería avanzar por Mesopotamia con el pretexto de socorrer a los soldados que había dejado en las guarniciones de las ciudades que había tomado. Probablemente la verdadera razón de que el triunviro desestimara ese buen plan que se le ofrecía fuera que, de dar resultado, hubiera tenido que compartir casi la mitad de lo ganado con el rey armenio y eso mucho más de lo que estaba dispuesto a ceder a cambio de ayuda. Por otro lado tampoco pensaba que la caballería de los Partos pudiera hacer nada contra su ejército porque, como ya dijimos antes, no sabía o no quería saber con quienes se iba a enfrentar. Al ver Artabaces que no podría sacar tajada porque la expedición iba a ser prácticamente suicida estando guiada un ciego, optó por retirarse con su ejército. Más le convenía tenerlo en Armenia para defenderse de los Partos en caso de que reanudaran la guerra o tal vez para atacar él mientras el enemigo luchaba contra los romanos. De esta forma, no sólo perdió Craso a un aliado que le podía haber servido de ayuda por el ejército que traía consigo y porque conocía mejor que él al enemigo común, sino que desechó una estrategia que era más recomendable que la que él tenía en mente. De especial utilidad hubiera sido todo el contingente de caballería que traía consigo el rey armenio.


Cuando estaba a punto de movilizar a las tropas para comenzar la expedición llegaron a Siria los embajadores del rey Orodes, ya alertado de las intenciones del triunviro tras su primera expedición. Aquellos le hicieron saber a Craso que si Roma se atrevía a violar los tratados y a emprender esa guerra contra Partia, ésta sería irreconciliable y eterna. No obstante, si la primera acción bélica había sido obra del propio Marco Licinio Craso al margen de su patria y movido sólo por su ambición personal, el rey estaría dispuesto a devolver sanos y salvos a los soldados que se habían quedado en las guarniciones de las ciudades de Mesopotamia y desistiría de hacer la guerra siempre y cuando el general romano hiciera lo mismo. Craso, haciendo gala de su soberbia, arrogancia y falta de diplomacia contestó a los embajadores que ya discutiría ese asunto cuando llegara con sus tropas a Seleucia del Tigris. Tras oír esto los embajadores, el más anciano de ellos llamado Vagises le mostró la palma de su mano y le dijo: "Aquí nacerá pelo antes que tú veas Seleucia".
Puntos:
17-03-13 12:05 #11152147 -> 11150866
Por:flanagan el loco

RE: Craso
Peaso de peona tio!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Puntos:
17-03-13 14:39 #11152395 -> 11152147
Por:161111

RE: Craso
Flanagan, no me ha costao na, es to copia y pega, me gusta mucho la historia, ahora estoy con las galias romanas. Tranquilo, no las pondré aquí.
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