| Cuento infantil El Relojero de los Sueños Os voy a contar este cuento tal y como me lo contaron a mí. A mí me lo contaron muchas veces. Cada vez que el Tío Leandro se acercaba a vernos, junto a las últimas brasas de la noche, se inventaba alguna historia que nunca llegamos a saber de cierto si era verdad o mentira. Él tenía esa magia de llevarnos a donde quisiera. Bajaba la voz para mantenernos atentos y la subía haciendo que el miedo o las risas aparecieran en nuestras caras. Era tan mentiroso que cada vez nos contaba la misma historia de formas diferentes. Nos decía, señalando al campanario de la iglesia, que allí arriba, en aquel torreón, vivía un amigo suyo que era el mejor relojero contando cuentos y recordando sueños que, de alguna manera, todos tuvimos siendo niños. Nos contaba que el relojero no tenía nombre y que todos lo llamasen “Relojero” a secas, entre otras cosas porque con nadie hablaba. Solo lo hacía con él. El último día que lo vi, me contaba que, siendo él mozuelo, donde hoy se ve agua había un hermoso valle de mil colores o más. En el fondo de ese valle habitaba un río pequeño que regalaba sus aguas a otro más grande que se llamaba Matachel. Y que entre estos dos ríos tramaron toda la historia para conseguir el pantano y, de esta manera, dejar de recorrer a diario un montón de kilómetros que cada día se hacían más pesados. Por lo tanto, estaban tramando una jubilación anticipada. —Cuando yo era zagal —me decía el relojero—, allá donde se ve aquel jardín frondoso, antes se confundía con las huertas junto al río Palomiña. Y en esa huerta, entre la ermita y la enorme pared del balneario, destacaba un montículo todo negro que parecía sembrado de picón. Aquel cañaveral era nuestro refugio. En las tardes de verano se escuchaba levemente el runrún del río, que con muchísimo trabajo intentaba hacer su recorrido. Era nuestro lugar preferido. Desde allí controlábamos la frondosa higuera que, cargada de higos maduros, era el reclamo de los pajarillos. Y nosotros, con nuestras escopetas de madera, andábamos todos los días de caza. Unas veces era caza chica y otras caza mayor, porque en ese lugar mágico no había solo pajarillos: había un ejército de langostos que, cansados del barbecho de paja seca, venían dando saltitos desde las eras hasta la huerta. Allí, sobre la pared de la alberca, montábamos el segundo campamento, esperando a que el lagarto grandullón se dejara ver en alguna mañana de sol. —Yo —decía el relojero— siempre volvía feliz. Con mi escopeta de madera había disparado al menos en tres ocasiones: a una alondra, a un pardal y a un jilguero que, al sentir ese pammmm, levantaron el vuelo ante el aumento de mi felicidad. La niñez —me contaba el relojero— era una cosa que no debería acabarse. Era lo que verdaderamente te daba las alas para cuando fueses mayor. Cuando el Tío Leandro miraba desde allí arriba su calle, la calle de los Baños, se le humedecían claramente los ojos por las muchas cosas bonitas que vivió en ella y por tantos amigos que, poco a poco, dejaron de venir a verle. ¡Qué noches! Aquellas noches de verano corriendo detrás de la luna desde la calle El Coso hasta el pilón de los burros. Allí se daba la vuelta, y la luna también nos acompañaba. ¡Qué algarabía de muchachos! —nos contaba el Tío Leandro—. Al ser la calle llana, allí acampaban los niños de medio pueblo. Y sentados en corro, en medio de la calzada, cada uno sacaba una historia. Y en esto, en esto ganaba siempre Manolín, que era el primero en levantarse para pedir la palabra. —¡Yo, yo, yo! —decía, aturullándose un poco por la emoción—. Si queréis, subimos a la mesilla y desde allí bajamos por detrás hasta llegar al cementerio, porque mi historia se cuece por completo en la tapia trasera del cementerio. —¡No, no! —se escuchó un rumor entre los niños—. Si la sabes, la cuentas aquí, que en esa tapia del cementerio siempre aparece la niebla, que a su vez siempre esconde algo. ¿Verdad que sí, Tío Leandro? Y el Tío Leandro asentía con la cabeza mientras daba fuego a una media colilla con una rama prendida. —Pues entonces —dijo Manolín, sacando su dedo índice de la nariz—, pues entonces la contaré aquí. Veréis, empieza así: Había en este pueblo un alcalde que no podía dormir por las noches porque, nada más cerrar los ojos, se le aparecían parramantas en todas las esquinas del pueblo, esas donde escasamente llega la luz. Luego tomó la determinación de dormir de día y trabajar de noche. Así llamó a Julián, el alguacil, para que leyera un bando y se dieran por enterados todos aquellos que en el pueblo vivían, porque el señor alcalde ya no recordaba sus caras y quería verlos de cerca y, de paso, pasar lista y tachar al que en ella no estuviera. —¡Qué mala suerte! —dijo Manolín—. La noche elegida parecía más de puro invierno que de principios de otoño. Soplaba un viento del norte que hacía llorar a los abetos, cuchichear a los abedules y montar una fiesta a lo grande a los cuatro nogales que, moviendo con vigor sus ramas, hacían chocar sus nueces. Más bien parecía aquello una representación de flamenco que una reunión en el cementerio. Ya estaba todo el pueblo allí concentrado cuando llegó el señor alcalde, rodeado de sus pelotas y encabezando la marcha su pregonero, el del cornetín, que no tardó en hacerlo sonar para poner algo de silencio. —Tururúuuuuuu. Se hace saber que esta convocatoria del señor alcalde es para saber si falta algún vecino desde la última vez. Y aunque la noche no es clara, podéis pasar por delante levantando, al paso del puente, una pancarta donde esté escrito vuestro nombre. Los vecinos empezaron a caminar despacio para pasar por delante del alcalde en esa noche cerrada, con viento racheado y una espesa niebla que salía de la charca de las ranas. —¡Yo soy la A! —dijo el primero al pasar. —¡Yo soy la T! —dijo el segundo. Y mientras, en la cola, no paraban de discutirse y amenazarse: —¡Alguacil, la Jota quiere colarse! —¡Alguacil, la P está insultando a la H! Y así fue transcurriendo aquella procesión improvisada, más lenta de lo que parecía en un principio. El señor alcalde ya empezaba a mosquearse, puesto que había visto pasar hasta tres veces a la K, que en vez de saludar levantaba su mano, se bajaba la capucha y emitía un gruñido incomprensible. —¡Venga, que pase el último! —gritó el alcalde. Y la fila se iba alejando y volviendo ante él, mostrando su pancarta, en la cual, de forma incomprensible, en todas ellas solo había una letra: la X. Y colorín colorado, que el Tío Leandro quedó dormido y el relojero soñando. tomate pelao para los que les haya gustao y rabia, rabieta para los que no han disfrutao. |