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21-05-15 12:06
#12634448
Cuna rancia
José Ramón Muñiz Álvarez
“NUNCA OLVIDÉIS, DON FERNANDO, PUES QUE
SOIS DE CUNA RANCIA”
(Romance sobre la bravura del duque
don Fernando, en el que
se habla
de cómo el rey lo
llamó)

http://jrma1987.blogspot.com

–Nunca olvidéis, don Fernando,
pues que sois de cuna rancia,
que el rey os honra y distingue,
después de tales hazañas.
Y, por ser hombre valioso,
siendo vos de sangre brava,
quiere en premio daros algo,
si es mejor que daros nada.
Esto al conde don Fernando,
con la luz de la alborada,
la gente le dijo y, presto,
voló donde el rey estaba.
Porque pudo llegar pronto,
que, en una yegua alazana,
con el apuro del viento,
llegó donde el rey posaba:
–Bienvenido, don Fernando,
que, tras ver esa campaña,
por buen soldado os saludo,
gente de sangre tan brava.
–El pie he hincar ante vos
y ante vuestra soberana,
que todo rey tiene reina
y siempre es placer honrarla.
–Sabed que sois gran soldado.
–Sabed que sois buen monarca.
–Sé que sois limpio de sangre.
–Vos de nobleza probada.
Y don Fernando, de pronto,
llegó, con romper el alba,
orgulloso, en el camino,
porque en la corte lo honraban.
Y todo el mundo fue a verlo,
y, en viéndole, le gritaban
por ser un hombre tan bravo
al entrar en la batalla.
Y por ser hombre valiente
explicó que lo premiaba
el rey, que, al ser soberano,
ha de ser un gran monarca.
Porque en su mano le puso
aquella brillante espada,
que ciñe por la cintura,
enfundada en una vaina.
Y, pues es tan generoso
el rey con la gente osada,
por ser osado en la guerra
como duque lo llamaba.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
21-05-15 12:02
#12634443
La muerte y la doncella
LA MUERTE Y LA DONCELLA

José Ramón Muñiz Álvarez
“LA MUERTE Y LA DONCELLA”
(Elegía)

http://jrma1987@hotmail.com

Quiso del aire el aliento,
al entrar por la ventana,
la hermosura soberana
rozar con el pensamiento.
Y fue este beso avariento
del viento, si vino airado,
el que del sueño callado
despertó a los ojos bellos
que enseñaron sus destellos
tras ese velo apagado.

Y, en el lecho desmayada,
el resplandor vio bermejo
del sol sobre el claro espejo
que mostraba la alborada.
Que una clara llamarada
encendió la luz del día
mientras su rostro dormía
entre los finos bordados
que contemplaron, callados,
el sueño que se perdía.

Y el viejo espejo dormido
le dijo a la dama hermosa:
“Pierde la flor olorosa
el tiempo ya consumido.
Y por el tiempo vencido
rendirá su alto estandarte
de la belleza el baluarte
que se sueña tan lozano,
que bello lo admira en vano
el triste pincel del arte.

Y has de ver cómo prefiere
ser el tiempo traicionero,
pues se sabe prisionero
del correr que así lo hiere.
Porque en el camino muere
el tiempo que, peregrino,
se hace, corriendo, camino,
para buscar otra suerte
en el reino de la muerte
en que sueña su destino.

Y perderás la belleza
en menos que pasa un día,
mientras una sombra fría
te sujeta con firmeza.
Y pensarás que es vileza
que se agote ya la vida
y la mejilla encendida
pierda todo su color.”
Y contempló, sin temor
aquella sombra escondida.

Dijo la sombra embargada
de la muerte a la doncella:
“Eres la llama más bella
que contempla la alborada.
Pues la luz alborotada
que arde en la altura del cielo
tiene envidia de tu pelo,
y hasta el sol resplandeciente,
en tu cabello luciente,
deja su brillo en su vuelo.

Pero es el tiempo mendigo
cuando corre con apuro,
porque su paso seguro
no ha de darte siempre abrigo.
Y, pues es claro testigo
de su avance sigiloso
el silencio poderoso
con que la muerte ha llegado,
has de seguir su mandado
frente a este mundo engañoso.

Porque el más callado aliento
de las tardes de granizo
saben del hielo invernizo
sobre las manos del viento.
Que el otoño ceniciento
quiere en el prado la helada
que la escarcha vio nevada
en las cumbres poderosas,
mientras marchitan las rosas
de tu belleza callada.”

Dijo a la muerte la dama:
“Nadie ignora que ese trance
será el último percance,
si la muerte se derrama;
que la vida es una llama
que apaga el viento más suave,
pues puede la muerte grave
vencer la llama encendida,
si se mira suspendida,
viendo el destino que sabe.

Y así arrebata la nada
el color del nuevo día,
con esa melancolía
de la vida ya agotada.
Y, pues se mira apagada
la flor que fuera belleza,
trae la muerte la tristeza
en su aliento peregrino,
porque se acaba el camino
donde parece que empieza.

De modo que la hermosura
es el placer de un momento,
que pronto lo lleva el viento
en su invisible finura.
Y dejarla ir es locura,
porque es bello disfrutar
lo que el tiempo puede dar,
aunque ha de quitarlo luego,
pues es su rigor el fuego
en que se habrá de quemar.”

Y respondió allí la muerte:
“Puesto que estás resignada,
ser cenizas en la nada,
ha de ser pronto tu suerte.
Y antes que el día despierte
y que llegue la vejez,
he de ver la palidez
de la mejilla rosada
que presume engalanada
y el final teme a la vez.

Y no habrá ni amor ni vida
en el valle al que te llevo,
que, cumpliendo lo que debo,
muere tu llama encendida”.
“Si he de verme consumida,
supo decir la doncella,
poco me importa ser bella
ante tan triste destino,
cuando se ha agotado el vino
y no queda en la botella.”

“Entonces, dijo la muerte,
ven por el triste sendero
donde a los vivos espero
con la noticia más fuerte.
Pues es raro que no acierte
quien, sabiendo qué le espera,
supone la primavera
de su vida ya acabada,
si la muerte, al fin llegada,
no suele ser lisonjera.

Y, olvidando los mandados
de la vida que atrás queda,
duerme en el lecho de seda,
cierra los ojos cansados.
Que los sueños apagados
del regazo de la nada
llegarán con la otoñada,
y con su fresco granizo,
lograrán el raro hechizo
sobre tu boca nevada.”

Y, con gran melancolía,
le respondió, resignada:
“Quiere la muerte callada
que se apague el alma mía.
Y la mirada más fría
sabe alcanzar, al acecho,
la esperanza que en el pecho
encendió el mayor fulgor,
porque, falto de calor,
siente todo su despecho.

Y pues, al robar la vida
que siente tales anhelos,
es capricho de los cielos
verme triste y consumida.
Adiós promesa fingida
de una vida que agotada,
ha de tornarse en la helada
que, matando la pasión,
muerto deja al corazón
con el alma enamorada.

Adiós callado placer
que en la misma primavera,
quiso ser del bien espera
para poderse encender.
Que mi pecho de mujer,
con tan triste pensamiento,
quiere, en las alas del viento,
hallar paz a esta tristeza,
que le falta fortaleza
en el eco del aliento.

Y, pues me lleva la muerte
a los reinos de la nada,
he de partir resignada
y dejándome a mi suerte”.
Le dijo la muerte: “Advierte
que, si el tiempo se acelera,
si se va la primavera
que te dio la lozanía,
debe tu vida ser mía,
porque la vida es espera”.

Y al emprender ese viaje,
supo la bella doncella
no pronunciar la querella
que otros dicen con coraje:
“La mocedad y el linaje,
pues es el linaje altivo,
sabe arrancar, siendo esquivo,
este suspiro valiente,
que ya se pierde inocente
el triste tiempo que vivo”.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Poemas para Mael y Jimena"
16-05-15 02:08
#12623909
El halconero
José Ramón Muñiz Álvarez

“EL HALCONERO”

Haciendo gala y alarde
de su pájaro en el cielo,
olvidó su desconsuelo
el marqués aquella tarde.
Que, con instinto cobarde,
quiere olvidar el dolor
el que sufre por amor
y escapa al azote fuerte
de las garras de la muerte
con contemplar un azor.

Y, admirando la soltura
del ave que corta el viento,
supo soñarse contento,
al contemplarlo en la altura.
Que, olvidando su locura,
viendo del aire el color,
olvidó el verso mejor
de los viejos trovadores
que, cantando los amores,
no contemplaron su azor.

Porque en estas cacerías
se refresca el corazón
de la amarga desazón
de las horas más sombrías.
Porque las postrimerías
del desdén, en el amor,
se hacen acaso un licor
que no quiere el paladar,
si es más bello contemplar
en la altura algún azor.

Y, como siempre fue duro
someterse a estos dictados,
duele a los enamorados
tener corazón tan puro.
Porque el desprecio es el muro
que no cruza el servidor
si es que pretende el amor,
por amores encendido,
si no mira, suspendido,
en el cielo aquel azor.

Porque el amor, en su danza,
acaso hiere al que hiere,
si es que llevarlo prefiere
y lo llena de esperanza.
Y, si es que a todos alcanza
quien les niega su favor
huyendo de su dolor,
a sus ocios el marqués
se ha regalado cortés,
al contemplar el azor.

Que el jerifalte elevado,
el ferre que va valiente,
el aire corta inocente
y no se ve cautivado.
Y pues siempre es festejado
su vuelo, sabe el amor
olvidar con el rumor
de sus alas cuando pasa,
que la pasión nunca abrasa
en la altura al buen azor.

Y es que sabe resistir
la pasión más elevada,
si es que puede, envenenada,
hacer a un azor sufrir.
Y así puede divertir,
con su vuelo alrededor,
a su dueño y buen señor,
un pájaro cuyo aliento
es el hermano del viento,
si el viento corre el azor.

Y, porque el marqués lo sabe,
gozar quiere de la calma,
para serenar el alma
y olvidar el dolor grave.
Mas llorará cuando acabe
el vuelo a cuyo favor
debe olvidar el dolor
del amor que ayer sentía,
porque, tras la cacería,
fatigado está el azor.

Y, si valiente en la guerra
lo admiraron los guerreros,
los amores traicioneros
lo destierran a esa sierra.
Pues esta cárcel lo encierra
y, menguado su valor,
ve que le falta el favor
del amor que prometieron
unos labios que mintieron
como no sabe su azor.

Que, por amores vencido,
derrotado en este caso,
sabe rendido su paso,
si es el amor un bandido.
Y por el amor perdido,
para no llorar su amor,
desde que nace el albor,
ante tan grave amenaza
se consuela con la caza
el buen dueño del azor.

Y es siempre triste dejar
al amor, si llega el día,
si acaso la tarde fría
quiere la altura apagar.
Que, mudando de lugar,
debe partir el amante,
porque la dama distante
quiere en él el descontento
del sufrimiento violento
que se siente a cada instante.

Y se le escucha cantar,
ya llegado a su castillo,
de la luna bajo el brillo
con tristezas y pesar:
“Pues que me quiere matar,
esa mirada es en ella
la razón de mi querella,
si es mi querella razón,
pues me causa desazón
soñar su mirada bella.

Soñar su mirada hermosa
como ninguna en el mundo,
que causa un dolor profundo
su mirada codiciosa.
Por eso nunca reposa,
malherida, el alma mía,
porque paga la osadía
de la luz que se derrama
al pretender a una dama
que la luz le roba al día.

Porque el más claro pincel
supo darle ese color
que hace más bella la flor
que el color le da a la piel.
Y pues no existe doncel
que sus amores no llore,
no es preciso que enamore
el aliento de su boca,
pues su mirada no es roca
en que el desdén se demore”.

Esto escuchó su halconero
de su boca en confesión,
si, quebrado el corazón,
el dolor se volvió fiero.
Pero el joven pendenciero
que manejaba la espada,
admitió que, en la mesnada,
imaginó muchos versos
por sentimientos perversos
inspirados por la amada.

Y así oyó el marqués, cansado
por los terribles dolores,
a quien, dolido de amores,
supo decir, aquejado:
“Yo viví apesadumbrado
por las miserias y penas
que contemplan las almenas
que me ven triste y vencido,
que entre gemido y gemido,
hierven de amores las venas”.

Y le dijo el halconero
que era el amor demasía
que en el alma se sentía
como la herida de acero.
Porque quien era escudero
en la batalla violenta
sabe que siempre alimenta
el instinto del amor
la voluntad del amor
que es tan cruel como avarienta.

Y, avarienta del poder
que le da jurisdicción
sobre un pobre corazón,
sabe el amor lo que hacer.
Que el violento proceder
del amor nunca amenaza,
pero mengua y adelgaza
de los hombres el valor,
si no tienen un azor
para entretener la caza.

Que por eso la poesía
sabe cantar los dolores
que encendieron los amores
en su rara travesía.
Pues será descortesía
no admitir que, sin derecho,
causa el amor en el pecho
tal dolor, tal ansiedad,
que se rinde a su maldad
quien no lo advierte al acecho.

Y un laberinto callado
de febriles sentimientos
tejen los suaves alientos
en el aire perfumado.
Porque el aire embelesado
trae noticias del color
que tiene el labio mejor
que jamás le fue ofrecido
para luego, entretenido,
verlo mirar un azor.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Poemas para Mael y Jimena"
16-05-15 02:00
#12623906
Vino generoso
José Ramón Muñiz Álvarez
El goliardo

http://jrma1987.blogspot.com/

Huye el amor quien cobarde
sospecha la falsedad
que pretende la maldad
de su dureza y alarde.
Y sano es pues que se guarde
el instinto, siendo sano,
si teme al amor pagano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Es el vino generoso
cuando lo pide un amante,
cuando sabe, delirante,
ver su estado deshonroso.
Pues, en el desdén gozoso
de la dama que quería,
le falla ya la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Y pues la paz soñolienta
arranca al que prisionero
supo al amor embustero,
si en su pecho lo sustenta.
acaso ante tal afrenta,
ha de escapar más temprano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Que es descanso de pesares
el vino del buen mesón,
alivio del corazón
como el rumor de los mares.
Porque, adorado en altares,
esperando pleitesía,
mata el amor la osadía
que otras veces vio bizarro
al amante que del barro,
se alzó con su gallardía.

Que, por doquiera se ve,
que arde el mundo peregrino,
por seguir a quien, mezquino,
los engaña con su fe.
Que, por las cosas que sé,
no lo harían soberano
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Por eso el vino es querido
en los pueblos y lugares,
que, pisando los altares
del amor ha florecido.
Y así el amante rendido,
preso en la melancolía,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Y es que el vino milagroso
alegra al enamorado
y lo arranca de su estado
con el sabor más goloso.
Al olfato es doloroso
y no es su deleite en vano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Que es el vino la dulzura
cuando, en la jarra servido,
de las penas es olvido
y en el gaznate se apura.
Y pues, en la noche oscura
llena todo de alegría,
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Porque más dulce es el vino
ofrecido en la taberna
que la mejilla más tierna
que enamoraba al vecino.
Que acaso es mejor camino
el dulce vino lozano,
si teme al amor pagano,
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez
en su mal se muestra ufano.

Y porque siempre regala
esa paz siempre dichosa,
diré que el vino es la cosa
que lo alto del cielo escala.
Porque si el amor iguala
en placeres y alegría
ve que falla la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.

Digo que el vino es el vino,
porque, si el vino es la gracia,
hace olvidar la desgracia
de la vida en el camino.
Que siendo acaso adivino
de su virtud y bondad,
no hablará con falsedad
al confesarlo la lengua
cuando, de amor siendo mengua,
quiere el vino por beldad.

Que no quiero que, cansados,
digáis males del amor,
si acaso tenéis licor
que obedezca a los mandados.
Que raros enamorados
han sabido, con buen vino,
que el ánimo peregrino,
después de un tiempo de riego,
alcanzase su sosiego,
serenando un desatino.

De esta manera os diría
que digo al vino bendito
como un bien cuyo delito
enciende la dicha mía.
Que la cabeza se enfría
y, olvidando los amores,
halla pasiones mejores
en la dicha de beber,
porque bueno es entender
estos callados licores.

Que, llegada ya la aurora,
porque no cesa el despecho,
limpia el vino el duro pecho
del alma que se enamora.
Porque es que el vino atesora
lo que ni el agua bendita,
si es que en la tripa se agit
el placer de su descuido
cuando el vino se hace olvido
de todo dolor y cuita.

Porque, mientras la alborada
ve en lo lejano los mares,
suspiran los castañares
al llegar de la otoñada.
Y, entre la nieve cuajada,
muerto el amor primerizo,
se oye el eco del granizo
donde un amor olvidado
quiso e el vino dorado
apagar su raro hechizo.

Que el pecho siento rendido
quien renuncia a su valí
y en los amores enfría
el tesón más encendido.
Que dirá que está vencido
quien, por amor de una infanta,
sin saber bien lo que canta,
de los vinos olvidado,
no besa el vino callado
que se arroja en la garganta.

Que en sus hondas angosturas
excavadas por el río,
no faltará nunca el brío
entre las sombras oscuras.
Pues renueva las frescuras
como las frondas más bellas
que no alumbran las estrellas
con su encendido derroche,
que la noche, con ser noche,
suele alegrarse sin ellas.

Y pronto sabréis del brillo
del interior silencioso
del espíritu en reposo
que quiso el vino sencillo.
Y hasta el canto del autillo,
anunciando su presencia,
avisará tu prudencia
con su grito espeluznante,
que ha de dudar un instante
en la arriesgada pendencia.

Que es pendencia con el viento,
acaso con la conciencia,
o quizás con la prudencia
y todo el conocimiento.
Mas nunca dijo el sediento,
puesta la jarra en la mano,
que lo hallara más lozano
la más sana sensatez,
pues, acaso en su niñez,
en su mal se muestra ufano.

Y, si el vino es imprudente,
no menos loco el amor,
nos causa mayor dolor
con su fuego incandescente.
Por eso, si es inconsciente,
donde la jarra vacía,
quiero el vino y la osadía
que otras veces vio bizarro
que, levantado del barro,
mostraba gran gallardía.


2013 © José Ramón Muñiz Álvarez
16-05-15 01:54
#12623905
Charcas
“LAS HORAS FUGITIVAS QUE CORREN SIGILOSAS”
O “LIBÉLULAS ALEGRES EN LAS CHARCAS”
Impresiones del estado de abandono de la
charca de Condres y el
desolado panorama en que se admira
este paisaje.
Por José Ramón Muñiz
Álvarez
Texto dedicado a los sobrinos
del autor: Jimena Muñiz
Fernández y Mael
Muñiz Vega

Las horas fugitivas que corren sigilosas, buscando con apuro su destino, reflejan en la charca los brillos de la tarde, sus colores. Y es bello contemplarlos callados, melancólicos y tristes, dejados al silencio de la nada, como un jardín sin rosas que vive desolado, que muere desolado, mientras muere la muerte del dolor de su abandono: pues es el abandono lo que arranca la vida que florece donde los juncos mismos esperan, a la orilla, como entonces, el soplo de la brisa del ocaso.
Por eso me imagino libélulas alegres que corren a sus anchas los espacios, y miran, con cautela, los brillos de las tardes en esa superficie cristalina. Y quiero ver las alas que agitan con violencia en pleno vuelo, pues esa rapidez las hace hermosas en aires invisibles que esperan en silencio las lluvias que traerá el abril callado, si no se escucha ya la voz del cuco. (Parece que el cuclillo es buen amigo de las frondosidades que tienen como reino la ardilla y el raposo, donde suele tener la comadreja su guarida).
No ignoro que el paisaje presenta la belleza que tienen los lugares donde el agua descansa mansamente, como un tesoro mágico y hermoso. Lo saben los anfibios que habitan esta zona de sosiegos que se hacen aburridos para todos, si no lo es por la lluvia que rompe las quietudes de su jardín monótono y tardío que espera las visitas de la gente. Mas no viene la gente a estos lugares que hallamos en silencio, si no suenan las voces del hábil ratonero, del milano que cazan en la zona lo que encuentran.
También hay una casa, no lejos del sendero, que queda al abandono de su suerte, dejada a su infortunio, como una ruina indigna del pasado. No queda la techumbre que tuvo la panera en otro tiempo, cuando las gentes eran campesinas y amaban y cuidaban lugares tan hermosos como esta charca bella que reposa su calma, su paciencia y su tristeza. No pocos animales han tenido guarida en el rincón, y, a veces, los vecinos, echaron en la charca carpas, truchas, tortugas que nadaron en sus aguas.
Su origen lo conocen acaso los más viejos, pues ellos saben siempre de las cosas que existen en las villas y saben referir toda la historia: en tiempos no lejanos la charca no existía, mas cavaron, para sacar el barro de la zona, formando la cantera que el agua llenó pronto, después de que la teja y el ladrillo dejaran de pagarse como deben. Por eso lo poblaron animales y el agua ve la vida de garzas y azulones, quién sabe si lechuzas en las noches y algún halcón, si quiere, de mañana.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
16-05-15 01:46
#12623901
La noche es el momento del raposo
“LA NOCHE ES EL MOMENTO DEL RAPOSO” O “TAMBIÉN LA BRISA BAÑA CON
SU BESO”
El canto de la noche silenciosa que esconde mucha vida en sus rumores.
Por José Ramón Muñiz Álvarez
Un texto dedicado a Jimena Muñiz Fernández y Mael Muñiz Vega

La noche fue cayendo lentamente: la brisa, desatándose las manos, con gestos invisibles y prudentes, rozaba la hojarasca, y, agitándola, vagaba peregrina en el hayedo. El último jilguero de la tarde miró, desde las ramas, el crepúsculo, queriendo despedir, en su derrota, la llama de un sol débil que moría. Y hablaron, temblorosas, las estrellas, amigas de la noche, si la noche nos viene despejada y si las nubes no cubren, con su manto, el firmamento.
La luna se asomó a sus ventanales: las sombras dominaron cada parte del bosque silencioso, y, lentamente, dejaron su guarida las criaturas en reinos de lechuzas y mochuelos. Y el zorro corrió todos los caminos, dejando atrás la vieja madriguera que pudo guarecerlo con el día, momento en que no quiere que lo observen. Su instinto es temeroso, si ve al hombre por esos robledales donde vive, siguiendo, persiguiendo, con paciencia las raras alimañas de este mundo.
Y vio la noche entonces los tritones: cruzaban los caminos, avanzando sin gran apuro, yendo lentamente por zonas de maleza a fuentes claras, si buscan por instinto el amorío. También hacen así las salamandras, que buscan los lugares pantanosos, las fuentes y hasta el viejo abrevadero que tienen los pastores en la cuesta. Y, cómo no, los sapos y las ranas se ofrecen como presa a los autillos que observan las extrañas migraciones que ven su avance a charcas escondidas.
La vida suele estar en cada parte: pequeños ratoncillos que caminan, que corren que olisquean cada cosa que encuentran a su paso, mientras siguen buscando la comida que precisan; las ranas y los sapos, los tritones, las viejas salamandras, las luciérnagas que inundan con su luz esas parcelas que ven su brillo mágico en la noche; los grillos, al llegar la primavera y acaso la cigarra, que se esconde detrás de cada hierba, en el verano, pasado junio, presto ya el otoño.
Las gentes, en su lecho, no lo ignoran: son muchos los sonidos bullangueros que llegan de lo lejos, en la noche, cruzando el aire mismo, los espacios que traen rumores raros y remotos (quizás el canto alegre del autillo, las voces agoreras de los búhos, quién sabe si el ladrido de algún perro que llama con tristeza a la alborada). La noche está poblada por la vida, las voces del ocaso son extrañas, si quieren ser metáforas de muerte, pues esa muerte es solo otro principio.
Y hay algo sugerente en las metáforas: con ellas son posibles parangones que pueden ilustrar aprendizajes, haciendo emocionante y deleitosa la rara comprensión de nuestro mundo. La noche es como un símbolo de muerte, por más que tenga vida, lo que anima curiosos pensamientos que parecen más propios de otro mundo ultraterreno. Por eso los fantásticos prodigios, posibles en las mentes desatadas, figuran los fantasmas en la noche, si escucha voces tristes y agoreras.
La noche, sin embargo, es otra cosa: las voces del crepúsculo nos gritan sus oros y dorados encendidos, cuajados de tristezas y emociones, en bosques y pantanos apartados. Entonces es momento del raposo, que deja su guarida tras la puesta del sol que vio también salir al lobo (los lobos son frecuentes en las sierras y suelen ser dañinos con las gentes que habitan los lugares, pero es bello sentir con el ocaso sus aullidos).
Las noches son momento del raposo. Y salen los raposos, arrojados de viejos escondrijos por el hambre que empuja sus instintos y los lleva por sendas y collados a los pueblos. Los pueblos son lugar de hombres sencillos que tienen sus corrales, sus gallinas, las ocas y los gansos que los zorros no dejan descansar, con sus ataques. Pensad en estas gentes de otros tiempos, odiando al lobo bravo y a los zorros, mirándolos con furia y el desprecio de quien se ve impotente en este caso…
¿Es esa la poesía de la noche? El hombre, en la prehistoria, temeroso, sentía la llamada de las fieras en medio de las sombras, en la nada, como un rumor lejano y lastimero. Y, desde las leyendas medievales, sabemos que los seres de la noche se asocian a los diablos y a los muertos que no alcanzaron paz en dicho trance. Los viejos saben bien esas leyendas que oyeron, años ha, donde la llama del fuego del hogar es ya más grande y vuelve a crepitar intensamente.
¿Y es esa la leyenda que se dice? El lobo, hijo del diablo, viene siempre cubierto por las sombras y asesina las cabras, los ganados, y, violento, se atreve con los hombres animosos. Es digna de temer la dentellada que clava con dureza los colmillos, haciendo brotar sangre, pues la sangre les brinda el alimento necesario. Las brujas los convocan con sus voces y sirven los instintos asesinos, robando las criaturas a las madres, que matan al llegar a su guarida.
Yo quiero soñar noches silenciosas: la lengua de la brisa, en los espacios, tendrá un lugar abierto a su camino, pudiendo así beber el agua dulce que está sobre la piel de las ondinas. Sabéis que las ondinas son las náyades que nadan en los ríos, cada noche, desde los viejos tiempos medievales, hermanas de otras ninfas más antiguas: las mismas que llevaron a la diosa que sabe de la caza a la laguna donde sus baños fueron sorprendidos por ese cazador sin gran fortuna.
La suerte no fue buena con el joven: fue triste su destino, pues la magia lo quiso convertido en cervatillo perdido en el camino ante sus perros, los cuales acabaron su desgracia. No siempre salen bien esos encuentros de humanos con los dioses, según cuentan Ovidio y otros tantos literatos que saben de los mitos más remotos. En cambio, yo imagino que las náyades están en cada fuente, que se bañan y observan a las gentes que se acercan.
Y existen los que ignoran la belleza: los mares son hermosos cada noche, mirando los senderos que la luna dibuja con sus luces, pues sus luces quizás son un destello repentino. Entonces es el baño un apetito que se hace caprichoso para todos, pues es verano ya, y es ya el momento de hallar el mar dispuesto para el baño. La clara libertad en las espumas parecen deleitar a quien se atreve, bañándose en las aguas siempre limpias, a ver un mundo nuevo entre las olas.
También la brisa baña con su beso: el suyo es ese beso siempre dulce, la voz del beso tierno que modera las ascuas del rigor que nos asfixia, si acaso es el verano de los duros. La brisa nos refresca y nos conduce, por un jardín callado y sin testigos, a sueños, sensaciones y añoranzas que sienten su caricia como antaño. Pues siempre está hermanada a los sonidos finales de un agosto que se muere, se quiebra y se derrumba donde el aire suspira en el silencio de la nada.
Yo sé de sus alientos en el rostro: la brisa es gran amiga de las noches que esperan ver la luz del viejo faro, perdiéndose en las sombras alejadas, aviso para el buque que se acerca. Y acaso es bondadosa la caricia que quiere conjugarse con nosotros en noches encendidas, calurosas como ese agosto vil en el que estamos. Conozco ya su rostro, ese semblante que no se deja ver, pero, risueño, nos hiere con el soplo de su boca, que avanza lentamente en el espacio.
Lo cierto es que la noche es lo mistérico: los pueblos primitivos asociaron la noche a los temores infantiles que pueblan la ignorancia de las gentes carentes de saberes esenciales. Las gentes más sencillas sienten lástima del canto de las aves en la noche, y encienden esos tristes alaridos temores en el alma del labriego. Son fuerzas que se esconden en la nada, que quedan guarecidas en la sombra, suspensas en cortinas tenebrosas que no dejan hallar respuesta alguna.
Son muchos los que piensan en la muerte: la voz de la lechuza en plena noche, los llantos quejumbrosos que profiere, pudieran ser un grito del infierno que anuncia al moribundo su destino. La muerte llena todos los rincones en la superstición de estos lugares que saben de los duendes y las brujas que campan a sus anchas por la noche. Asturias y Galicia son idénticas en su pasado oscuro y sus leyendas arcaicas, antañonas y curiosas, difíciles al sabio que investiga.
Mas no todo es hablar de extraños seres: los tragos y los diaños, los sumicios, quizás el espumeru y el Nuberu son seres de otro tiempo, de esos mundos suspensos en la rara fantasía. Los cuélebres no existen en las calles, las grandes avenidas, en las urbes que escuchan ese tráfico maldito que impide toda paz y buen descanso. Y la imaginación que los compone los mira como amigos de las horas de noches silenciosas de misterios y tiempos de hechiceros y de brujas.
Pensad en las novelas pastoriles: a veces los cabreros se lamentan, pues pierden los amores y se sienten perdidos, si el desdén los torna en nada, quedándose en silencio cada noche. Y son los compañeros taciturnos del lobo, de los zorros y del cárabo, del sapo y el tritón, la salamandra que pasa, sin quemarse, junto al fuego. Por eso la alborada los sorprende, si lloran, como siempre, melancólicos, si gimen por amor, pues los amores los pueden reducir a esos delirios.
Pensad en las auroras repentinas: sus brillos son la llama de alegría que traen la vida entera a cada monte, cuando la noche, dama temerosa, retira sus cortinas de este reino. Sus feudos no son algo que pudiera vencer y someter prados y fuentes, y el bosque silencioso, el denso bosque, por fin ve los colores de su otoño. Y, si en la primavera, al encenderse, la aurora roza el brillo de la helada, mirad con qué hermosura nos entrega su aliento desde el horizonte triste.
El alba es como un beso delicado: mirar esos colores en el aire, seguir esos dorados en el cielo pudiera ser placer de quienes aman la luz de la mañana con sus brillos. El sol es un corcel que cruza el cielo, dichoso como un niño, en un avance que busca mares, sierras, cordilleras y valles apartados entre montes. La noche queda atrás en su derrota, vencida, destronada, sin su finca de sombras y cortinas de tiniebla que rasgan, temerosas, las estrellas.
La luz de la mañana nos saluda: por fin se ven las nubes en el cielo, los brillos repentinos, las espumas que corren esos mares de los mapas, con olas encrespadas, gigantescas. Por fin es el momento en que se encienden los brillos que dan vida al mundo entero, que pueden convocar al caminante, que miran al labriego, si madruga. La luz de la mañana ve pesqueros que corren a buscar otra aventura, que cruzan esos mares con las redes echadas al azar del mar tranquilo.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
16-05-15 01:42
#12623899
El viento helado que rozó el cabello
“Arqueros del alba”

Para María Dolores Menéndez López

http://jrma1987.blogspot.com

Soneto I

El viento helado que rozó el cabello,
Llenándolo de escarcha y de blancura,
No osó matar su hechizo, su ternura,
Sus luces, sus bellezas, su destello:

Manchado de granizo fue más bello,
Más puro que la nieve cuando, pura,
Desciende de los cielos, de la altura,
Tan diáfano que el sol luce en su cuello.

Hiriéronla los años, la carrera,
El rápido correr hacia el vacío,
Más no perdió la luz de su alegría.

Sus risas, floración de primavera,
Fluyeron como, rápida en el río,
El agua en su correr, helada y fría.






2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

José Ramón Muñiz Álvarez
(Breve reseña)

José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispanica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía. Es autor de varios libros, de los cuales ya ha dado a conocer "Las campanas de la muerte", aunque en una tirada modesta.
15-05-15 21:36
#12623550
"El canto del autillo en la buhardilla"
EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA

Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea.
El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.
De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.
Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.
No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada.
Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.
La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.
El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.
No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.
Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.
Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.
En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.
Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia. Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo.
Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.
Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.
El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.
Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.
El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez
"EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA”
14-05-15 14:03
#12621165
Hora termprana
Videre: http://jrma1987.blogspot.com





“Arqueros del alba”

Para María Dolores Menéndez López

Soneto IX

Dejaste transcurrir la hora temprana,
Palacio que en el sueño se escondía,
Y vio volar la luz la brisa fría,
Después de bien corrida la mañana.

Manchada por la luz, halló lozana
La risa que en tu rostro se encendía,
Tan clara como el sol al mediodía,
Que el cielo hizo del aire soberana.

Montó, en un cielo lleno de belleza,
La noche su corcel de madrugada,
Las crines sujetando con firmeza.

Mas no encontró más luz en tu mirada
Que aquel amanecer vuelto en tristeza,
Que el prado halló cubierto por la helada.


2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
02-05-15 16:11
#12594362
Soneto
Para María Dolores Menéndez López

Soneto II

Un ángel vi de niño en la mirada
De aquella anciana dulce y cariñosa,
Más bella que la aurora perezosa
Cuando apagó su voz de madrugada.

En su cabello blanco la nevada
Hirió el color luciente de la rosa,
Y el pardo de sus ojos hizo hermosa
De su mirar la luz, alma hechizada.

De niño vi en su rostro la dulzura
De aquella vieja a la que, agradecido,
Besaba con amor en la mejilla.

Su voz hablaba llena de ternura,
Amable siempre, en tono suspendido,
Mostrando, con amor, su alma sencilla.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Los arqueros del alba”
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Foro-ciudad.com -  Ultima actualizacion: 04/07/2015

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