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24-05-13 18:32
#11335148
04-08-12 01:32
#10383059
El canto de los cárabos del monte
José Ramón Muñiz Álvarez
“EL CANTO DE LOS CÁRABOS DEL MONTE”
(Los ecos de las aves que se escuchan,llegadas ya las horas de la noche)

http://jrma1987.blogspot.com

Las luces del crepúsculo sumergen sus sueños coralinos, para marzo, más tarde en los senderos y caminos, llenándose de púrpuras calladas. El tiempo, en primavera, es más amable y enciende el sol sus luces en Orense, con más vigor, dejando su reflejo sobre ese Sil que corre con más fuerza.
Los astros, encendidos en la altura, se dejan percibir y se adivinan los rayos de planetas como Venus, la diosa del amor de los romanos. Atrás quedan las horas de silencio que el viento rompe cuando la invernada confunde los ladridos de los perros con el aullido fiero de los lobos.
Al lado de Quereño está Sobredo, que mira a Salas, que respeta el Puente y admira tras el río los cordales que tejen ese Bierzo bullicioso. Las flores del cerezo, placenteras, sospechan, al brotar tímidamente, la brisa moderada del paisaje que siente el declinar del astro regio.
Y, hablando de mil cosas diferentes, sentados en el porche de la ermita, discuto con Rimada, y él responde, guerrero en la polémica encendida. El viejo cantautor que enseña plástica no ignora que, en silencio, los difuntos escuchan nuestros diálogos extraños y nuestras encontradas opiniones.
La noche entra despacio y queda un vino pendiente para luego, si Lucita no tiene ya cerrado, y el camino tendrá que seguir luego, tras el río, llegados a La Torre, que la liebre, manjar entre manjares, es excusa para seguir contando disparates, verdades y mentiras a capricho.
La noche tiene un toque bello y raro que suele hacer pensar en el embrujo. No es raro que la noche nos atraiga con esa oscuridad, con la tiniebla que esconde los senderos, los caminos que quiere el alba llenos de colores. Pero la noche tiene sus matices, marcados en los cielos por los astros.
Sabéis que cuando llegan los otoños, las horas del crepúsculo son tristes, mas no lo suelen ser en primavera, momento de bullicio vivaracho que junta, que conjuga varias voces que toman raros tinos orquestales, si el canto del autillo se armoniza con grillos que acompañan al jilguero.
Acaso los crepúsculos son tristes metáforas del beso de la muerte, y el beso de la muerte es una imagen que angustia a quienes viven, los maltrata. Así muchos prefieren la alborada, sus hielos, sus escarchas y sus brumas, que suelen recordar esos paisajes de lienzos coloridos y risueños.
Y, en cambio, ese crepúsculo es hermoso, dichoso, y cómo no, tan atractivo como lo son los verdes del hayedo, los densos tonos verdes de los mares, las sierras recortándose a los lejos, detrás de la neblina incandescente que siente ese sol débil que se agota, que torna nuevamente a su aposento.
Y, en fin, aunque pudiera sorprenderos, la muerte es ese trámite obligado que siempre rechazamos, que tememos, volviendo rostro siempre temeroso, si es que alguien la menciona y si sucede que la naturaleza cumple un ciclo que es parte de un conjunto de sucesos que no pudieran ser de otra manera.
Mas no he querido ser desagradable. No me mostréis el gesto represivo, de adusto ceño y ojos enfadados, pues no he querido violentar a nadie. Y si es que alguno teme los relatos que versan de la vida y de la muerte, mejor será que deje de escucharme, pues algo de ello habré de referiros.
Las gentes de los ámbitos rurales, igual que los labriegos de otros siglos, son gentes temerosas y su ciencia, escasa las más veces, los obliga a ser supersticiosos como antaño, cuando los caballeros medievales luchaban desde almenas, desde torres, mostrando su lealtad a viejos reyes.
La noche los asusta y sus sonidos les traen a la memoria mil comentos que oyeron de los viejos, cuando el fuego solía crepitar en las estancias de aquellos caserones que habitaban, de aquellas casas pobres pero dignas, donde era tan frecuente la leyenda cantada a media voz por las abuelas.
Los ecos que escuchaban al ocaso, llegados de los árboles frondosos, solían asociarlos con la muerte, con diablos y con brujas, con hechizos extraños y con ritos ancestrales que pueden parecer incomprensibles, si, atento a estos rumores olvidados, los oye con paciencia el urbanita.
Los cárabos son seres de la noche: llegado de los bosques más cercanos, su grito lastimero nos asusta, del modo en que solían alterarnos los ruidos de los sapos y el susurro del aire y la ventisca del invierno, si acaso, sorprendidos, la escuchábamos, cuando rozaba, osada, la ventana.
Distintos son los cantos del autillo, que suele concertar citas secretas con su llamada aguda de soprano, después de que el ocaso se consume y el velo de la noche oculte todo, pues suele solazar las primaveras con su chillido tímido, tan breve y exacto que resulta inconfundible.
Y no falta la nieve en esa máscara que muestra, misteriosa, la lechuza, la dama de la noche, cuyas alas se agitan, sigilosas, junto al río, si alguna vez la veis de cacería, cayendo, por sorpresa y levantándose, llevándose en el pico un ratoncillo, quizás algún anfibio desgraciado.
Y el bosque es cada noche del mochuelo, que suele hallar guaridas en los troncos, que tiene discreción y que se esconde, mostrando sus instintos cautelosos, si el paso del humano se le acerca y en ellos se sospecha ese peligro que intuye cada bestia ante lo insólito que suele ser el hombre en sus lugares.
Quién sabe qué razón lleva a las gentes a entrar, a penetrar en esos reinos que, siendo patrimonio de las sombras, fascinan a quien oye esa llamada febril y sugerente, misteriosa como la noche misma, si es que enciende pasiones tan románticas y fuertes que pueden dar lugar a lo impensable.
Rimada, a quien le digo tales cosas, me mira sorprendido, cautivado, no sé si prisionero del espíritu que llena a las entrañas del curioso por cuanto es sugerente y atrayente en este mundo extraño pero bello, que oculta, cada noche, aves tan raras entre las arboledas de la zona.
Rimada, que comparte estas pasiones, prendado por el canto de las aves, confiesa su afición por esas noches eternas y polares que pudo conocer allá en Ushuaia, y al tiempo reconoce que le gusta sentir ese alarido misterioso que muchos interpretan como augurio de muerte y de desgracia inevitable.
Es músico y conoce la poesía, por lo que cala en él ese momento dichoso del reclamo del autillo que observa con cautela a dos extraños. Le gustan los rumores de las aguas que suenan en la orilla no lejana y vienen a arrullar a los autillos que cantan, como suelen, cada noche.
Y, así como se exaltan los románticos, dos hombres no, dos niños si es el caso, hablamos de la noche y su misterio, temido por los rústicos que duermen, que sueñan en gallego y que se asustan del canto misterioso del coruxo, señor entre las sombras insondables que besan los amantes de la noche.
Los muertos son testigos de estas pláticas que nadie entenderá si no ha sabido dejarse seducir por lo siniestro, quién sabe si al ser tales los temores y tales los instintos del cobarde que teme caminar cuando anochece y escucha al caminante, en plena calle, pensando que el bandido no descansa.
Habrá quien quiera al alba y sus excesos por ser la noche un nido de aquelarres. Pensad lo que queráis, cada uno es libre. Yo no maldigo nunca las auroras: son bellas como el sol que nunca abrasa, son dulces como el beso repentino que corre los espacios con su rayo dorado como el fuego de un overo.
Sabed que por lo mismo que la aurora, no puede haber fealdad en los ocasos que ven salir al viejo y avisado raposo de su lúgubre guarida. Y así fue que Rimada, como suele, me dijo que escribiera algunas líneas que hablasen de lechuzas en la noche, del canto de los cárabos callados…
Y, en fin, aquí las tienes, aunque raras. Son hijas de caprichos arbitrarios de quienes gustan siempre, por los bares, godellos y mencías a deshora, que el vino alegra siempre los espíritus de viejos enseñantes interinos que corren estas tierras alejadas del pueblo en que vivimos normalmente.
Ya puedo hablar, al fin, de las tinieblas, del cerco de la bruma y la neblina, del mundo de la noche y sus misterios, sabiendo que, curiosos, estáis cerca de ver a esas criaturas silenciosas que vuelan en la noche con sigilo cazando miserables alimañas que suelen ser, acaso, su sustento.
Dejad de criticar mi lento estilo, mi modo de narrar anquilosado, tan viejo como el mundo, tan arcaico, romántico unas veces, otras clásico, barroco en no contadas ocasiones, y dadle rienda ya a la fantasía, pues hemos de dejar estos lugares, partiendo hacia las noches orensanas.
De pronto, imaginad ese camino, las aguas del Sil, raudas en su cauce, las voces de los grillos primerizos que llaman al amor en primavera; sentid la brisa fresca que, del Bierzo, se acerca con sus alas agotadas, penando los delirios del invierno más duro de la zona en muchos años…
Ya estamos en la ermita de Sobredo.

“El canto de los cárabos del monte”
2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADO
21-07-12 16:52
#10336522
Los vicios del pecador
LOS MONJES LADINOS

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Tienen los monjes ladinos
en sus conventos placer,
cuando, con mucho saber,
pescan enormes cochinos.
Y es que los buenos tocinos
gustan, tras los carnavales,
sabiendo que son veniales
los vicios del pecador.

Y, olvidando la sardina
que con llantos se consume,
el cocinero presume
de la carne en la cocina.
Vaya la que se avecina,
que los días cuaresmales
se hacen nuevos carnavales
para quien es pecador.

Porque ya nadie se espanta
de que, en el agua pescado,
nunca pueda ser pecado
pasarlo por la garganta.
Y, antes de Semana Santa,
sin nunca ser comedidos,
degustan mil embutidos,
y el vicio del pecador.

Y jamones y chorizos
prestan placeres golosos
a los viejos religiosos,
porque son antojadizos.
Son los manjares rojizos
los que, ya sobre la mesa,
causan enorme sorpresa
al dichoso pecador.

Que nunca fue mala ciencia
advertir con picardía
que se abstiene la abadía
de los días de abstinencia
Y lo manda la conciencia,
que ilumina al mundo entero
el dulce sabor lardero
que deleita al pecador.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
02-07-12 22:35
#10264056
Viento helado
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El viento helado que rozó el cabello,
Llenándolo de escarcha y de blancura,
No osó matar su hechizo, su ternura,
Sus luces, sus bellezas, su destello:

Manchado de granizo fue más bello,
Más puro que la nieve cuando, pura,
Desciende de los cielos, de la altura,
Tan diáfano que el sol luce en su cuello.

Hiriéronla los años, la carrera,
El rápido correr hacia el vacío,
Más no perdió la luz de su alegría.

Sus risas, floración de primavera,
Fluyeron como, rápida en el río,
El agua en su correr, helada y fría.


2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
29-06-12 17:04
#10252499
Las campanas de la muerte
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Para María Dolores Menéndez López
Soneto III

La orilla alborotó un mar coralino
y el mismo cielo, puro y despejado,
aquel caballo raudo que embrujado,
pincel se hizo del aire cristalino.

Y hallaste al avanzar en el camino,
crepúsculos sin voz, un mar dorado
y pudo descansar ya fatigado,
tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.

La noche vino larga y duradera
con el amanecer, robando el día,
su luz, su brillo, toda la hermosura:

Mi pecho será luz y dondequiera,
habrá de iluminarte cuando fría
te aceche sin pudor la noche oscura.


2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Las campanas de la muerte"
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.
27-06-12 23:27
#10247034
Arqueros del alba
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Soneto III

La orilla alborotó un mar coralino
Y el cielo asaltó, puro y despejado,
Aquel caballo raudo que, embrujado,
Pincel se hizo del aire cristalino.

Y hallaste, al avanzar en el camino,
Crepúsculos sin voz, un mar dorado,
Y pudo descansar, ya fatigado,
Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.

La noche vino larga y duradera
Con el amanecer, robando el día,
Su luz, su brillo, toda la hermosura:

Mi pecho será luz, y, dondequiera,
Habrá de iluminarte cuando, fría,
Te aceche, sin pudor, la noche oscura.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
Todos los derechos reservados por el autor.

José Ramón Muñiz Álvarez
(Breve reseña)

José Ramón Muñiz Álvarez nació en la villa de Gijón y sigue residiendo en Candás (concejo de Carreño). Su infancia transcurre de manera idílica en dicho puerto, donde pasa su juventud hasta el término de sus estudios. Licenciado en Filología Hispánica y especialista en asturiano, vive a caballo entre Asturias y Castilla León, comunidad en la que es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Su afán por las letras y las artes lo ha llevado al cultivo de la poesía. Es autor de varios libros, de los cuales ya ha dado a conocer "Las campanas de la muerte", aunque en una tirada modesta.
27-06-12 21:44
#10246825
Un soneto para Soria
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DEDICADO A JOSE MARÍA MARTÍNEZ LASECA

Soneto I

Los campos, donde corre alegre el Duero,
en paz encontraréis, pues, en su hechizo,
se olvidan de la nieve, del granizo,
del viento algunas veces justiciero.

El alba vendrá pronto, y su lucero
el cielo hará más bello con su rizo,
sabiendo que el milagro se deshizo
y al sol viendo más claro y verdadero.

La brisa, en la vereda castellana,
los chopos sentirán, siempre sencilla,
cansados de calor y con desgana.

Y Soria arderá alegre donde brilla
un beso repentino, a la mañana,
al desbocar su luz sobre la orilla.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
25-05-12 17:58
#10105634
El caballero y el dragón
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EL CABALLERO Y EL DRAGÓN

1

¿Por qué duermes, caballero?
Vamos, apura, despierta,
levanta en la noche incierta,
ve y desenvaina el acero.
¿Aun no has llegado al sendero?
Álzate ya, por tu vida,
toma la rienda enseguida,
que tu caballo se apure,
que poco tu viaje dure,
que nada llegar te impida.

2

Corre entre densas nevadas
antes que nazca la aurora,
y, corriendo sin demora,
cruza sierras escarpadas.
Y, si las luces doradas
buscan, dichosas, el cielo,
olvida la luz y el hielo,
y, al apurar tu camino,
ve buscando tu destino,
siempre falto de consuelo.

3

Que mientras nacen colores,
y el sol alegre se encumbra,
la princesa, en la penumbra,
pena sus muchos dolores.
Que más mustia que las flores
la verá la luz del día
en esa prisión sombría
donde llora, secuestrada,
que el dragón, de madrugada,
la llevó a su cueva fría.

4

No pierdas tiempo y camina
por los extraños senderos,
y en la noche los luceros
de alguna estrella imagina,
que, ya en la región vecina,
llora la triste mujer,
desconsolada al saber
que el dragón la ha capturado,
y, colorín colorado,
olvida el amor de ayer…

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Poemas para Mael y Jimena"
11-05-12 15:52
#10047085
Occidente asturiano
Para la familia Cantora e Israel Rodríguez

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El granizo y la nevada

Dejó el sol, tras la neblina
que los más bellos overos
corriesen desfiladeros,
descorriendo la cortina.
Y en el agua cristalina,
cuyos brillos atesora,
su destello, sin demora,
quiso, si herido de frío,
sobre las aguas del río
que mira la clara aurora.

Y, en su sueño aletargado,
el hielo forjó más duro,
espejo de cristal puro,
el Enol, viéndose helado.
Que el invierno, sobre el prado
mostró toda su dureza,
retratando la belleza
del color del cielo hermoso,
cuando la luz en reposo
alzaba su fortaleza.

El granizo y la nevada
coronaron las alturas,
y las pardas espesuras
halló heladas la alborada.
Sobre la nieve cuajada,
la mañana que nacía
rozaba la brisa fría,
herida del duro hielo,
y la nieve por el suelo
los verdes campos cubría.

Y fue aquel brillo sencillo
el que rasgó los portales
sobre orgullos cordales
que allí tienen su castillo.
El alba se tornó brillo
y jugó con sus pinceles,
batiéndose en los Urrieles,
rizándose en el Auseva,
reflejando en una cueva
su claridad con claveles.

La luz descubrió, sin gana,
con un callado bostezo,
el avellano, el cerezo,
el color de la mañana.
Y la yegua soberana
coronó el alba luciente,
haciendo bella la fuente,
los hayedos apartados
y los picachos calmados
ante la aurora naciente.

Soneto I

Nos llegan de los Beyos, transparentes,
las aguas del deshielo, en primavera,
que no quieren tardar la larga espera
ni el Sella ni sus rápidos afluentes.

Mirad las aguas limpias, si, corrientes,
se agolpan en el cauce como quiera,
corriendo hacia la espuma marinera
el hielo liberado por las fuentes.

No tardarán, volando las alturas,
a establecer sus nidos por mansiones
las aves migratorias, de regreso.

De pronto invadirán las aguas puras,
dichosos, los más viejos azulones,
sabiendo que ayer fueron hielo preso.
Soneto II
Herir pudo el granizo la blancura
que quiso en altas cumbres tanta nieve,
un hálito de escarcha, pero breve,
cobarde a la alborada que se apura.

Más dulce y cristalina la figura,
del alba fue bermeja, aunque más leve,
mas nunca tan rosada, si se atreve
del vino ella a probar tanta frescura.

La copa sonrosada que admiraron
los bellos horizontes y los mares,
febril, en Covadonga se derrama.

Granizo y nieve al alba dibujaron
las nieblas y la aurora en altares
que el nombre de esta tierra a voces llama.

Soneto III

Mayor arrojo fue el de los cristianos
que, en una cueva oscura y apartada,
las rocas arrojaron, y la espada
blandieron por sus nobles soberanos:

lucharon con valor los asturianos
desde una región pobre y alejada,
sabiendo organizar cada celada,
bajando de los montes a los llanos.

El oro que el orfebre encendería
sobre una cruz de roble, con trabajo,
nos deja el testimonio de la historia,

y signo es de coraje y valentía
que a guerra con el árabe nos trajo
el brillo de la Cruz de la Victoria.

Soneto IV

No hirió la luz del sol, donde se baña,
el hielo que arde triste en esta tierra,
si no es granizo helado el que destierra
un cielo gris que el viento alado daña.

Del monte los pastores, de la braña,
descienden, si la nieve los encierra,
que pronto las prisiones de la sierra
encierran al que queda con su saña.

Y humilde de la aura se hace el rayo
sobre los montes altos y los mares,
sobre el hayedo pardo y los acebos.

Su luz reclama el mágico urogallo,
las aguas temblorosas en el Cares
y las calizas bellas en Poncebos.

Soneto V

No olvidan, junto al fuego, en el invierno,
las viejas que, en las villas apartadas,
oyeron las leyendas olvidadas
el modo de contarlas, siempre tierno.

Distinto es su lenguaje del hodierno,
leyendas recordando en las veladas
de xanas en arroyos confinadas,
de cuélebres que están a su gobierno.

Sus cuentos son de seres misteriosos,
ocultos cuando llega la mañana,
que nunca dejan huella de su paso.

Los nietos las escuchan, temerosos,
y ven, tras el cristal de la ventana,
correr la lluvia gris con el ocaso.

Las bandadas de pájaros corren

Las bandadas de pájaros corren
otros cielos, si acaso, y dibujan
un camino en el aire infinito
que jamás trazó nadie en su espacio.

El reclamo de los verderoles
no se escucha en la densa arboleda,
que, desnuda de sus hojarascas,
no les da su cobijo y su abrigo.

Y no veis al febril petirrojo
cuando, tímido, el vuelo levanta
al azul que traerán los veranos
que en el hielo ya nadie imagina.

El Enol ya es un suelo de escarcha,
y los osos se rinden al sueño,
al silencio que quiere el granizo,
cuando entierra los Picos de Europa.

La Soneto VI

Las horas del deshielo han alcanzado
las aguas siempre frescas, las corrientes,
y lanzan, vivarachas, por torrentes
espumas hacia el valle alborotado.

Al fin la primavera ha despertado
en Cangas los arroyos y las fuentes,
y al Sella van, alegres, sus afluentes,
si el Güeña llega raudo a su cuidado.

La nieve en el Cornión, en pleno día,
se enseña entre las rocas y enriscadas,
los valles presidiendo con firmeza.

Los Picos se alzan en la lejanía,
detrás de las colinas apartadas
y prados encendidos de belleza.

Soneto VII

La luz del sol valiente, en primavera,
al alba ardió y, curando sus heridas,
en tardes despejadas y encendidas,
nos muestra su dorado en la ribera.

Sus llamas, al ocaso, son hoguera
que lloran horizontes y, vencidas,
sus sueños en el Güeña, ya dormidas,
reflejan, de las noches a la espera.

El corzo, siempre tímido, el venado,
habitan la arboleda más frondosa,
los bosques de la bruma y el reposo.

Los robles los esconden, y, callado,
murmura, por el cauce, perezosa,
la voz del arroyuelo silencioso.

Soneto VIII

La sierra agreste mira en las alturas
el sol que el alba muestra en lo lejano,
y alegre admira al viejo soberano,
cansado tras refriegas y andaduras.

Oculto por las cuevas más oscuras,
cortando al enemigo el paso al llano,
por fin de la victoria se ve ufano,
echándolo a terribles angosturas.

Quejóse, al ver el gran desfiladero,
el sarraceno cruel, que perseguido,
la paz envidia vil, sus miedos calla.

Diréis que las espadas y el acero
sonaron con coraje estremecido,
sin tregua dar jamás en la batalla.

Soneto IX

Pudieron, con esfuerzos soberanos,
las tierras astur-cántabras alzadas,
cruzar esas montañas levantadas
los viejos legionarios italianos.

Dejaron el aliento, cuando, ufanos,
hallaron unas tribus mal armadas,
mas ricas de coraje en las celadas
con las que rebelarse a los romanos.

Y no borró la insólita presencia
de aquellos atrevidos invasores
el fuego del carácter de estas gentes.

Los valles miran, llenos de inocencia,
su fuerza y su coraje, los fulgores
que prenden en los ánimos valientes.

El viento que sacudía

Los brillos halló del día,
cuando las hojas derrama,
del viejo roble, la rama,
la voz de la brisa fría.
Porque llena de osadía,
sobre la sierra lejana,
la alborada, de mañana,
con su destello bermejo,
hizo gala al oro viejo,
enseñándose, temprana.

Miró, dichosa, los prados,
espejo de sus bondades,
si, en las suaves humedades,
vio sus fuegos reflejados.
Sobre los prados callados,
reflejándose con gana,
la alborada, de mañana,
con su destello bermejo,
hizo gala al oro viejo,
enseñándose, temprana.

En un paisaje de ensueño,
entre la densa arboleda,
pudo ver, en la vereda,
al rey en el loco empeño.
Y, en un bostezo de sueño,
no lejos de la ventana,
la alborada, de mañana,
con su destello bermejo,
hizo gala al oro viejo,
enseñándose, temprana



Me asomo a la ventana

Me asomo a la ventana y adivino
(pues no es este momento el del ocaso)
los brillos derramados, los destellos
que habrán dejado paso a las estrellas,
a las que suponemos taciturnas
en ese cielo inmenso, en ese cielo
que es privilegio abierto a las gaviotas,
las ocas y los bellos azulones.

El cielo, tras las lluvias repentinas
que quieren los veranos a su antojo,
refleja su belleza en prados verdes
y se hacen más hermosos sus colores.
Hay algo que hace siempre más extraño,
más dulce y llamativo a nuestra vista,
la llama reflejada en humedades
sobre esos campos tristes y callados.

Y es mágico el sonido de las gotas
rozando levemente los cristales,
la súbita caricia, siempre fresca,
que llega con la brisa, si ha llovido:
la infancia vuelve entera a la memoria,
llenando de alegría y emociones,
de imágenes pasadas, el momento,
por más que quien escribe no es un niño.

Soneto X

Un dolmen fue sagrado a los paganos,
valientes al luchar con las legiones,
y cultos celtas, viejas tradiciones
siguieron en los tiempos más lejanos.

Llegaron poco a poco los cristianos,
dejando aquí su fe, sus convicciones,
mezclándose a las viejas religiones
los ritos que adoptaron los romanos.

Por eso los primeros pobladores
supieron conservar, sobre el abismo,
los credos más arcaicos y pasados.

Y nunca se olvidaron los valores
de aquellos tiempos, pues el sincretismo
los muestra en nuevas formas transformados.

Soneto XI
La vieja corte vive entre las brumas
igual que la montaña en la nevada,
lo mismo que en la costa alborotada
se sabe en el salitre y las espumas.

No han de faltar jamás insignes plumas
que hieran con valor si es que, acosada,
la vieren ni valientes cuya espada
se ponga en su defensa como pumas.

No es Cangas un lugar tan elevado,
en medio de altos montes verticales
y del paisaje abrupto pero hermoso.

Testigo del presente y del pasado,
ciudad y pueblo mira los cordales
de donde el Sella llega rumoroso.

Soneto XII

Los prados ya cubiertos por la helada
admira el montañés en los cordales,
y el sol de la invernada en robledales
y hayedos se refleja en la nevada.

La senda toma el hielo, que, apagada,
las horas ve pasar, y los nogales,
los tejos y los árboles frutales
esperan el silencio de la nada.

El alba, mensajera de alegría,
saluda en el acebo al urogallo,
que aguarda, lamentándose del frío.

La aurora muere y presto nace el día,
y apuran las espuelas su caballo,
jovial en su galope a su albedrío.

Soneto XIII

El muro halló, dichoso bajo el cielo,
al ver, tras las cortinas del espacio,
las torres que coronan un palacio
que, gris en la caliza, entierra el hielo.

Preludio del invierno y desconsuelo
le pudo parecer, caro topacio
el claro firmamento que, despacio,
nublaba sus colores, sobre el suelo.

Y vino, presurosa, la invernada
al valle donde sueñan, apartados,
dejando en el espacio la neblina.

El rizo peregrino de la helada,
rozó cada color, con los dorados
del beso de la tarde coralina.

Soneto XIV

El arte unió a una voz que los fervores
enciende en Covadonga, de mañana,
si muestra la basílica cristiana,
la aurora, al encender vivos colores.

Se admira como el brillo de las flores
la luz que deja el alba más temprana,
sencilla, pero bella, pues, ufana,
la muestran los más altos miradores.

No espera, entre los densos castañares,
el beso herido y triste, en la otoñada,
del vuelo de la brisa bulliciosa.

Hermosos y rosados, los sillares
aguardan, en silencio, la alborada,
detrás de la neblina silenciosa.

Soneto XV

El brillo que encendió, tras la neblina,
la luz de un sol, dichoso en lo lejano,
se enciende por los cielos, soberano,
corriendo de la altura la cortina.

Su llama de coral, si es cristalina,
al cielo asoma, al piélago asturiano,
y la belleza prende el sol temprano,
que advierten en Corao, si se avecina.

Las cuevas, los arroyos y las fuentes
esconden a los cuélebres extraños,
custodios de las xanas hechizadas.

Lo dice la leyenda que las gentes
han mantenido viva, tras los años,
en villas silenciosas y apartadas.

Soneto XVI

La cueva silenciosa duerme en Cardes
las siestas de los años mortecinos
y el sueño de los siglos peregrinos,
que corren siempre lentos y cobardes.

La sombra esconde todos los alardes
de aquella mano que, con trazos finos,
caballos presentó, ciervos divinos
que corren las praderas por las tardes.

No existen, desde entonces, los bisontes
que ayer pintaron barros encendidos
en las profundidades de los montes.

Miradlos en la sombra, si, dormidos,
anhelan los lejanos horizontes,
sujetos a los muros escondidos.

Soneto XVII

Las aguas entre sombras una estrella
miró, y, desde la altura de los cielos,
sus luces admiró, mientras los hielos
cuajaban de la helada sin querella.

Su brillo fue reflejo sobre el Sella,
desde ese firmamento cuyos vuelos
admira repentinos, cuando en suelos
las hierbas la reflejan siempre bella.

La niebla fue cubriendo la caliza
callada de las cumbres y cordales
alzados como mágicos castillos.

El alba trajo el oro entre ceniza
a un cielo de suspiros otoñales,
serenos, apagados y sencillos.

Soneto XVIII

El curso encendió, vivo y cristalino,
la llama del deshielo, antes de mayo,
y quiso el agua libre con su rayo
el sol con su capricho peregrino.

El alba entre sus crines al destino
conduce por los cielos el caballo
que el canto oye febril del urogallo
que avisa del ocaso mortecino.

No pudo ser más bello ese torrente
de espumas que, rizando sus senderos,
anuncia su presencia en su sonido:

el agua perezosa de la fuente
tomó, febril, en los desfiladeros
el cauce bullanguero y encendido.

Soneto XIX

Halló el cristal que duerme sin amparo
cuajado en las orillas donde ardía,
y el agua de los lagos, que dormía,
el sol sintió distinto, débil, raro.

Los verdes enterró entre el hielo claro
un brillo malherido que encendía
la llama del invierno, siempre fría,
donde ese sol cobarde se hace avaro.

Los Picos duermen ya bajo el granizo
callado de diciembre, y, silenciosas,
las noches reinan, y la madrugada.

Al fin, tras el ocaso, arde el hechizo
que impregna las orillas rumorosas
y el prado en el aliento de la helada.

Soneto XX

El brillo de la luz de la alborada
veréis en el Cornión alzar su reto
osado, por su falta de respeto,
al viento cuyo canto se hace helada.

Volar vio la tormenta alborotada
el aire y el granizo más inquieto,
cuajando con su hielo, por completo,
el sueño del cordal en la nevada.

Al fin vienen los saltos, los torrentes,
los cursos apurados por las cuestas,
caprichos indudables del deshielo.

Más frescas en la altura son las fuentes,
dejando que sus aguas las ballestas
disparen, siendo libres por el suelo.



El aire malherido

El aire del verano malherido
se va tornando fresco, sin saberlo,
cuando, al amanecer, lloran las brisas
la calma del paisaje moribundo:
se acercan ya las tardes de septiembre,
la luz del sol que llora su derrota
y el viento juguetón por los espacios
serenos del otoño que se acerca.

Yo escribo, sin apuro, y reflexiono
sobre ese otoño triste que acaricia
las horas con su brisa amenazante,
amiga de las lluvias y aguaceros:
tal vez una tormenta de verano
devuelva, melancólica, a las charcas
la magia que lucieron en invierno
cuando llegó a esta tierra el avefría.

Parece que el agosto que se rinde,
que llora, que se entrega, en la batalla,
no vino a regalarnos los rigores
que pudo, años atrás, con más dureza.
Y así, como sospecho, hacia el crepúsculo,
se pueden ver las nubes fatigadas,
oscuras como suelen, en octubre,
mostrar la ubre cargada de chubascos.

Soneto XXI

Brotaron entre nieves los primeros
colores de una flor y, humilde y vana,
los vientos la dejaron que lozana
mostrara su hermosura, lisonjeros.

Del alba al aire fueron los overos
corriendo, nuevamente, de mañana,
y vieron los pastores más temprana
la luz de su coral, de sus luceros.

Las aguas del arroyo, con premura,
corrieron en Orandi, aventureras,
buscando hacer más rápido el camino.

Murmullo de agua fresca, limpia y pura,
su espíritu voló por las laderas,
y el aire sobre el lago cristalino.


La luz quiso la alborada

La luz quiso la alborada
sobre horizontes bermejos,
al mostrarse en las alturas,
sobre dulces arroyuelos,

cuando, desde los azules
que llenan el firmamento,
llegó, temprano, el granizo,
bendición de los labriegos;

cuando, desde el brillo
del alba, al nacer de nuevo,
con el otoño cansino,
tornó el reino de los hielos;

cuando, cubiertos los prados,
sospecharon el invierno
que cuajaba ya los montes
y los llanos y los cerros.

Y vieron, de las auroras,
los más hermosos reflejos,
dos ojos de campesina,
de pastora dos destellos,

cuando, del hielo vencido,
lloraba el Enol primero,
escuchando, resignado,
el lento canto del viento;

cuando, el arroyo insensato
detuvo sus pasos lentos
por la vega silenciosa
donde discurre sereno;

cuando, faltando el abrigo,
dejó el pastor el terreno
y, bajando de los montes,
quiso volver a los pueblos.

Y, entre pardos avellanos,
si los otoños vencieron
los paisajes silenciosos,
el oro sus ojos vieron,

cuando, muerta la alborada,
en Covadonga el silencio
respetaba a la Santina
con un silencioso beso;

cuando, olvidados los montes,
las densas nieves cubrieron,
que no suelen tardar mucho,
si ya se acerca el invierno;

cuando, desde aquella cueva,
se advirtió el brillo primero
y se supo que ya el día
despertaba sus overos.

Soneto XXII

La brisa fresca alcanzan, de mañana,
las luces que, en el alto firmamento,
sus vuelos por el aire ceniciento
encienden con pereza y con desgana.

Y el alba, viendo libre su alazana,
alegre la dejó, escalando el viento,
hiriendo los arroyos, si, sediento,
su brillo fue fugaz a hora temprana.

Rompió la madrugada el nuevo día,
feliz, a su capricho, en fuentes claras,
en charcos tristes, rápidos corrientes.

El agua busca helada, siempre fría,
su cauce silencioso, mientras, caras,
las luces precipitan en torrentes.

Soneto XXIII

Las brumas se levantan de mañana,
llenando de humedad el valle entero,
y, doble, a la alborada, es el lucero
que luce su coral a hora temprana.

El sol alumbra vivo donde, ufana,
su luz quiere la aurora y, prisionero,
admira el otro brillo que, sincero,
alumbra con la llama más lozana.

Pues llama es el coral de la Santina
que luce entre las dulces humedades
que llenan estos bosques misteriosos.

Es oro, al despertar con la neblina,
el aire que arde en estas soledades
y habita entre los valles más hermosos.

Soneto XXIV

Se ven desde el Enol las cumbres bellas,
que, heridas por la nieve blanca y pura,
desnudará el deshielo en la blancura
que suele reflejar claras estrellas.

Las Peñas Santas duermen, y, tras ellas,
existen bosques densos donde, oscura,
la sombra esconde a veces la figura
de bestias tan extrañas como bellas.

Rincón del lobo, el oso y el raposo,
lugar es donde se oye el urogallo,
palacio de los ciervos escondidos.

Mansión es del rebeco que, gozoso,
admira, entre las cumbres ese rayo
del alba por los cielos encendidos.

Soneto XXV

El valle se abre allí, siempre risueño,
sereno entre los montes, y el camino,
amigo de ese cauce cristalino,
señor de este lugar, si en él es dueño.

El viejo parador duerme su sueño,
lugar de la oración, templo divino,
y, siglos de pasado, peregrino,
dibuja su belleza con su empeño.

No es ruina del ayer, ya restaurado,
bajo ese cielo claro que despeja,
si quiere el mes de abril, este paraje.

El cielo más azul lo halló callado,
sereno, porque duerme, piedra vieja,
San Pedro en las delicias del paisaje.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Las nieves y el granizo en lo lejano"
“El tejo hirió el color con la espesura”
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
11-05-12 00:38
#10045355
El tejo de Abamia
"EL TEJO HIRIÓ EL COLOR CON LA ESPESURA"


Dedicado a la familia Cantora de Cangas de Onis y a Israel Rodríguez

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Brilló en el suelo la helada

Brilló en el suelo la helada
cuando, con la brisa fría,
otra mañana nacía
sobre la blanca nevada.
Y en el aire reflejada,
entre pinceles oscuros,
mostró sus colores puros,
sus destellos, sus dorados,
sus castillos elevados
entre la luz de sus muros.

Y, al arder el firmamento
ante tan clara belleza,
la noche, con su firmeza,
dejó un tono ceniciento.
Y, traicionada del viento,
la aurora, con más apuros,
mostró sus colores puros,
sus destellos, sus dorados,
sus castillos elevados
entre la luz de sus muros.

Y, entre los montes y llanos
sucumbieron a su hechizo,
entre nieves y granizo,
los macizos más lejanos.
Y en los frutos soberanos
del manzano, ya maduros,
sucumbieron a su hechizo,
mostró sus colores puros,
sus destellos, sus dorados,
sus castillos elevados
entre la luz de sus muros.

Y, al recorrer cada sierra,
de los cielos soberana,
se deshizo en la mañana,
en el cielo que la cierra,
que, por el cielo y la tierra,
dejando corales duros,
mostró sus colores puros,
sus destellos, sus dorados,
sus castillos elevados
entre la luz de sus muros.

Y brilló la luz más bella
sobre la nieve y el hielo,
desde la altura del cielo,
ante las aguas del Sella.
Y, reflejo que destella
en los valles más oscuros,
mostró sus colores puros,
sus destellos, sus dorados,
sus castillos elevados
entre la luz de sus muros.

Soneto I

El aire que alzó el vuelo con la helada
recorre el prado verde, el ancho suelo,
heraldo de la lluvia y el deshielo
que quiebran el rigor de la nevada.

Bosteza la montaña ayer aislada
bajo el color azul del claro cielo,
y luce de la hierba el terciopelo
en prados que contemplan la alborada.

Los valles de la zona son hermosos
por la humedad que llena los parajes
del verde más intenso en primavera.

Y corren los arroyos rumorosos
las vegas, las colinas, los paisajes,
dichosos, al lanzarse a su carrera.

Soneto II

Las gentes asturianas se aventuran,
por más que vivan lejos de esta tierra,
queriendo conocer, en plena sierra
las cumbres que alboradas apresuran.

Arroyos cristalinos que murmuran
las horas ven pasar donde el sol yerra,
detrás de los cordales donde cierra
misterios en las nieves que se apuran.

Castillos son poblados de maleza,
cortando el paso siempre al enemigo,
las cumbres aguerridas y altos montes.

Baluartes son de fe, de la grandeza,
si dan al lugareño noble abrigo,
cerrando los estrechos horizontes.

Soneto III

Nació en Cangas la aurora, pues los gallos,
en un corral vulgar, detrás del muro,
dichosos la saludan con apuro
sirviendo al sol, si son buenos vasallos.

Soltó el alba luciente sus caballos,
rasgando ese tapiz, triste y oscuro,
alegres en el aire fresco y puro,
de noches que se acaban con sus rayos.

La luz del sol besó el Puente Romano
y, al destronar la negra madrugada,
sus llamas esparció en los verdes suelos.

Discurre el Sella, lento y soberano,
mirando en lo lejano la alborada,
que crece en las alturas de los cielos.

Soneto IV

Dejó, entre brisas frescas, la mañana
la escarcha de la helada, con el día,
y halló el voz del agua, siempre fría,
lanzándose en torrente sin desgana.

La luz ardió a lo lejos, y, temprana,
al tiempo que las nieves deshacía,
las bellas emociones descubría
con aires de grandeza soberana.

Y nunca sospechó el arte callado
que queda sepultado en una cueva
que cierra, sin pudor, tanta negrura.

Al lado está el bisonte del venado,
y juntos los caballos, rara prueba
que El Buxu guarda en su mansión oscura.

Soneto V

El sol mira, al nacer de la alborada,
la sierra que acaricia el alto cielo,
el prado ante la vega, el arroyuelo,
la cueva ensordecida, la cascada.

Su luz va deshaciendo la nevada,
llegados ya los meses de deshielo,
y corren los arroyos por el suelo,
ya libres de la nieve y de la helada.

Caudales de suspiros peregrinos
las aguas son, si vibran rumorosas,
debajo del chorrón, donde se estrella.

Después, atardeceres coralinos
verán correr las aguas silenciosas
al Güeña, que camina lento al Sella.

Soneto VI

Principio dio a la luz de la hermosura
el brillo que las aguas transparentes,
dibujos de color, raras serpientes,
trazando sobre el curso de agua pura.

Miradlo discurrir, mientras se apura,
nacido allá en Sajambre de las fuentes,
que, en cauce ya asturiano, ve lucientes
las luces con el alba en noche oscura.

Hermosas son y amantes de la estrella
que en ellas se refleja tras el día
las aguas que del cielo son espejos.

Del monte más lejano llega el Sella,
batiéndose en la nieve helada y fría,
la aurora describiendo en sus reflejos.

Soneto VII

Las nieves besa el campo, que, sereno,
con calma, aguarda hielos y tristeza,
no lejos de la furia y la aspereza
de cumbres que temiera el agareno.

Un sol que a sus crepúsculos, de lleno,
desciende, aletargado en su firmeza,
su luz enciende, bello en la maleza,
herido del invierno y su veneno.

De nuevo están los lagos congelados,
eternos prisioneros de ese hechizo
que torna sus silencios en reposos.

Y callan los acebos derrotados,
vencidos por las horas de granizo,
por vientos peregrinos y quejosos.

Soneto VIII

No hay nada más hermoso que las fuentes
que duermen en silencio sus reposos,
calladas ante arroyos silenciosos,
que corren y se lanzan en torrentes.

Despiertan, con sus aires complacientes,
los brillos de la aurora y, perezosos,
alegres, los hayedos misteriosos,
despiertan con sus llamas refulgentes,

No hay fuente que no cuente con su "xana"
ni abuela que no cante, por las noches,
leyendas de los cuélebres de antaño.

La luz llega después, y, a la mañana,
nublado, el cielo mezcla los derroches
del oro con el brillo más extraño.

Soneto IX

El cielo pudo al alba en un destello,
detrás de los oscuros nubarrones,
el vuelo de los pardos azulones
amar con atención, pues era bello.

Atento miró un sol, absorto en ello,
y, huyendo de la nieve y las prisiones,
seguidos de los míseros gorriones,
los gansos vio volar, de largo cuello.

En bosques otoñales, con el día,
al corzo, siempre tímido, amenaza
la voz de los ladridos de los perros.

Tal vez veréis, en plena serranía,
buscando los rebecos al que caza,
si no es que se ha perdido por los cerros.

Soneto X

Manchadas, muchas veces, por las nieves,
se admiran esas cumbres asturianas,
distantes, majestuosas y lejanas,
cubiertas por neblinas siempre leves.

Los bosques solitarios, aunque breves,
consumen en las horas más tempranas
las gotas del rocío, a las mañanas,
del monte que las gentes dicen Llueves.

Son estos los lugares donde, ardiente,
la furia es el orgullo más ufano
que no quiere a cobardes ni traidores.

La rabia, entre las cumbres y torrentes
se oyó, siglos atrás, del asturiano
la cólera ante nuevos invasores.

Soneto XI

El oro que encontraron en los ríos
las gentes de estos valles apartados
los buscan otros donde, remansados,
se aplacan del arroyo tantos bríos.

No importa ya el rigor de los estíos
ni el aire ni los vientos más airados,
que siendo estos metales codiciados,
por ellos se soportan duros fríos.

La llama del sol mismo encendería
reflejos que mostrasen su hermosura,
tejiendo sus destellos en cadena:

La luz tienen del cielo, el alba fría,
el brillo de los astros en la altura,
por más que de la orilla son arena.

Soneto XII

El sol con el deshielo las nevadas
deshizo a su placer sobre el Auseva,
que sabe, bullicioso, cuando nieva,
las aguas admirar ya liberadas.

Testigo de las viejas alboradas,
las deja bajo el chorro de la cueva,
y el cauce rumoroso que las lleva,
las aguas ve correr alborotadas.

Y corren bajo viejos castañares,
si, en busca de lejanos horizontes,
la costa añoran, nunca tan lejana,

pues, libres, los arroyos a los mares
discurren, a la vera de los montes,
al ver la luz febril de la mañana.

El oro, con la mañana

El oro, con la mañana,
con sus colores extraños,
brilló con extraño brillo,
sobre viejos avellanos,

cuando del sol la belleza,
sobre los bosques y claros,
juntó su rica paleta
a los pinceles nevados

(si pinceles son las nieves
que se admiran en los llanos
desde donde ver las sierras,
nevadas incluso en marzo),

para dar claras corrientes
al Sella, cuando a su paso,
encuentra, llegado a Cangas
el viejo Puente Romano.

Y el oro hallaron los ojos
que jamás lo sospecharon,
caminando hacia la fuente,
junto a la cadera el cántaro,

mientras, alegre la falda,
si no lo es el desparpajo
de la boca tierna y fina,
con sus pasos va danzando,

que tiernas canciones canta
la voz que siempre envidiaron
de los contornos la xana
y de los bosques los pájaros,

las niñas más envidiosas
y los jilgueros callados,
al llegar la primavera,
advertidos de su paso.

No pudo ser más hermosa
la voz que el aire alcanzando,
le da un vuelo más ligero,
llevándolo suave y raudo,

porque, amiga de la brisa,
de ella vive enamorado
el viento por ser el viento,
el aire por ser osado,

que, si es modesta villana,
deja al viento, como hermano,
que sus dulces senos roce
por los senderos callados,

por los que a la fuente llega,
viendo paisajes nevados
que el Sella muy bien conoce,
tras correrlos siempre raudo.

Soneto XIII

La luz vieron del sol y el alba clara
los lagos junto al campo silencioso,
en un paisaje agreste, prodigioso
que el viento de la noche desampara.

Y no diréis jamás que fuera avara
la luz del sol, haciendo más hermoso
el brillo de su fuego luminoso
allí donde la aurora se agotara.

Despierta Covadonga de su sueño,
inmersa en anchos mares de rocío,
amante de los densos avellanos.

La brisa se levanta con empeño,
y el aire a la alborada del estío
es suave ante los Picos soberanos.


A veces, si me asomo a la ventana

A veces, si me asomo a la ventana,
corriendo, sin apuro, las cortinas,
y el cielo se presenta despejado,
se admiran, a lo lejos, las montañas
del Sueve, ya en la tierra de Colunga,
y el Pienzo, majestuoso ante mis ojos,
revela la belleza de las sierras
que rozan con sus picos cada nube.

El Sueve está muy cerca de la costa,
y, en comunión, convive con los mares,
uniéndose la playa y la montaña,
cantiles infinitos que sorprenden
a quien se acerca y mira, desde cumbres
de vértigo, alcanzadas con esfuerzo,
con rabia, con dolor y con coraje,
si no es temor en otras ocasiones.

No lejos, Covadonga, con sus lagos,
tan claros como el día, si no es noche,
si no reflejan, claras, las estrellas
que lucen amparando a los que duermen,
descubre otras bellezas más violentas,
una ambición mayor hacia los cielos
que quieren conquistar los altos picos
que quedan entre Asturias y Cantabria.

El monte, desde niño, me ha gustado,
por más que yo proceda de la costa
y alcancen las ventanas de mi casa
la espuma de ese mar embravecido
que baña, alegre, el norte con sus olas,
airadas unas veces y otras tiernas,
como lo es una madre con los hijos,
si riñe o con amor los acaricia.

Y, entonces, me imagino en las alturas,
entre los prados verdes de los montes
que miran ese mar siempre fecundo
que sigue alimentando pescadores;
y pienso en esas nubes que recorren
kilómetros enteros y se pierden
sin un destino fijo, porque el aire
las lleva, sin esfuerzo, a donde quiere.

El monte, desde niño, me ha gustado,
y siempre, en el cristal de la ventana,
el Pienzo, en lo lejano, me recuerda
las viejas enriscadas de los Picos
que sienten el abrazo de las nieves,
el agua del Chorrón en el Auseva
o el alba que despierta, silenciosa,
no lejos de la cueva de la Virgen.

Soneto XIV

Hay sombra en los hayedos escondidos
que en Pome ven las luces matinales,
el alba clara en meses otoñales
de prados como siempre, humedecidos.

Y el níscalo en los barros removidos
la aurora mira en reinos celestiales,
sospecha de las nieves infernales
que entierran los picachos aguerridos.

Muy pronto partirán los azulones,
cruzando, en su volar, el cielo entero,
manchado por las nubes peregrinas.

Oscuras son del cielo las mansiones,
y calla el agua en el desfiladero
que esculpen las cascadas cristalinas.

La niña de Parres

La halló la alborada
de claros destellos,
caminos cruzando,
pasando senderos.

Y, haciendo camino,
no lejos del pueblo,
la nieve del monte
miraba, a lo lejos.

La niña de Parres,
de claros cabellos,
sus labios dejaba
besar a los vientos.

Y, siempre temprano,
con ojos atentos
la nieve del monte
miraba, a lo lejos.

Vencida del frío,
por el duro invierno,
temblaban sus piernas,
temblaba su cuerpo.

Pero ella, cantando
romances y versos,
la nieve del monte
miraba, a lo lejos.

Un cántaro blanco,
más claro que el hielo,
llevaba la niña
por el barrio viejo.

Y, al ir con apuro
los pies más ligeros,
la nieve del monte
miraba, a lo lejos.

Al ver que bajaba
con aire risueño,
los mozos del barrio
saludaron prestos.

Y ella, presuntuosa,
fingiendo no verlos,
la nieve del monte
miraba, a lo lejos.

Y a Cangas llegaba,
cuando, lisonjeros,
toda su hermosura
gritaron los vientos.

Y, sin darles coba,
dejando el concejo,
la nieve del monte
miraba, a lo lejos.

Soneto XV

Dejó de descender, entre montañas,
febril, cuando, al cruzar desfiladeros,
labraba con sus aguas los senderos,
el Sella empobrecido entre las brañas.

Atrás quedó el valor de sus hazañas,
que, falto de las lluvias y aguaceros,
le pide al Dobra besos verdaderos,
si tienen los otoños malas mañas.

Dejó atrás sus baluartes el verano,
herido por las brisas atrevidas
que tornan, alevosas, a esta tierra.

No quiso madrugar el sol temprano
que ayer halló sus luces encendidas,
al asomarse, joven, tras la sierra.

Soneto XVI

Pues nunca fueron cielos despejados,
la herida sospecho, en la brisa fría,
que alzó, con la alborada que nacía,
baluartes de coral, reinos callados.

Detrás de cielos densos y nublados,
miró, desde el Enol, la luz del día,
el oro que cuajaba, que ascendía,
dejando su reflejo en verdes prados.

Dichoso halló, después de la batalla
el brillo de la aurora en plena sierra,
y oyó del agua clara el dulce arrullo.

Los cielos asturianos son grisalla,
valor, coraje, grito que en la guerra,
su fuego agreste enseña con orgullo.

Soneto XVII

Dormido está en el tronco el viejo autillo
que tiene en las buhardillas la morada,
custodio de su sueño a la alborada,
lugar donde establece su castillo.

No en vano, ya el crepúsculo sencillo
su basa agota en oro alborotada,
y siente, al despertar, la voz dorada
del último reflejo de su brillo.

Del cuélebre a los nietos el anciano,
forzando muchas veces la memoria,
les habla con amor, cerca del fuego.

Dragones son de un tiempo muy lejano,
según en Cangas dicen, y su historia
les narra, fatigado, con sosiego.

Soneto XVIII

No huyó a un lugar más cálido el vencejo
por verse de estas sierras desterrado,
si no que teme siempre el viento helado
que cuaja sobre el prado su reflejo.

Los Picos, donde el sol se hace bermejo,
cansados como el alba sobre el prado,
esperan, en su sueño aletargado
a ser en la invernada claro espejo.

De un verde que cautiva la mirada,
si advierte el cristalino en cada brizna
de hierba o en las hojas de avellano.

Pero es hermosa siempre la nevada,
el brillo del sol gris, tras la llovizna,
la calma tras los meses de verano.

Soneto XIX

Relinchos pronunció la madrugada,
quebradas sus mansiones en el cielo,
y, raudo, descendió granizo y hielo
que quiso saludar otra alborada.

La luz del sol su yegua vio apurada
si, al galopar valiente el verde suelo,
manchó el tapiz de caro terciopelo,
bordado por la llama alborotada.

Pinceles de oro bello la espesura
cubrieron bajo el cielo ceniciento
de Abamia, cuando el día se encendía.

El tejo la grandeza de la altura
admira en el azul del firmamento
que sabe cómo nace el nuevo día.

Soneto XX

En Cangas, donde duermen las malezas
la calma de las densas humedades,
esperan las frondosas soledades,
colmadas de paciencia y de tristezas.

Cuajadas por silencios y bellezas,
reflejan las escarchas las edades,
y el viento, que es travieso, sus maldades
ensaya con sus juegos y torpezas.

Más denso, más poblado mira el cielo
el cúmulo de nubes que se enseña,
granizos avisando, nieve y hielo.

Muy pronto ese torrente se despeña,
llenando de blancura todo el suelo,
igual que allá en los Picos cada peña.

Soneto XXI

Las manos de un orfebre con maestría
supieron, con su método sencillo,
la vieja cruz de roble, en un castillo,
vestir de luz dorada como el día.

La luz, que en oro bello se encendía,
la forja obedeció bajo el martillo,
dejando que volara cada brillo,
robado a la mañana que nacía.

Los brazos de la cruz más orgullosa,
que muestra, en pedrería, su tesoro,
de roble pasó a joya, y es riqueza.

La dice el asturiano más hermosa,
cuajada de metal, presa en el oro
que canta de estas gentes su nobleza.

Soneto XXII

Tesoro es, bajo el cielo, del indiano,
la casa de Sarmiento, que, elevada,
la cúpula resalta en la fachada,
luciente con el brillo más temprano.

Recibe, desde el alba, en el verano,
la luz del sol, feliz cuando, apurada,
del techo la pintura bien trazada,
sus tonos brinda al aire soberano.

Aquí las golondrinas dulces quejas
dedican al calor que el cielo abrasa
y el suelo cuando es mayo caluroso.

Y luce la palmera tras las rejas
de los jardines bellos de la casa,
promesa de la paz y del reposo.

Soneto XXIII

El tejo hirió el color con la espesura,
haciendo más intenso, más hermoso,
el verde de estas tierras, silencioso,
sereno al proyectar su sombra oscura.

La brisas lo acarician con dulzura,
pues dio la mejor muerte al valeroso,
si ser valiente supo el alevoso,
bebiendo su veneno en la tortura.

Custodio es en Abamia de la puerta
del templo a Santa Eulalia consagrado,
que aguarda, silenciosa, la alborada.

Dormido, la mirada bien despierta
mantiene, vigilando lo sagrado
y el fuego de la piedra allí labrada.

Soneto XXIV

Nos llega con pereza, cuando enfría,
la luz del sol, el brillo de mañana,
y, si es en el verano más temprana,
retrasa en el otoño el nuevo día.

La luz del sol es pues melancolía
de sueños otoñales, si engalana
sus brillos en la niebla soberana
que cubre la mediana lejanía.

Lejano queda el monte, ya nevado,
de donde el queso traen de Gamonedo,
de fuerte gusto a valle y enriscada.

En Cangas la mañana del mercado
nos sabe a lluvia fresca en el hayedo
y a niebla que despierta la alborada.
 
Soneto XXV

Las cimas de los montes aguerridos
reciben las nevadas más tempranas,
y brillan, al llegar de las mañanas,
con sus colores claros y encendidos.

Los dulces manantiales los sonidos
apagan de las aguas que lozanas
en cántaros las mozas asturianas
recogen en rincones escondidos.

Lugares y villorrios apartados
presienten del invierno la tristeza
no lejos del Cornión, entre granizo.

Los campos en las nieves enterrados
podrán mostrar la luz de su belleza
si los contempla el sol tras el macizo.

2011 © José Ramón Muñiz Álvarez
"Las nieves y el granizo en lo lejano"
“El tejo hirió el color con la espesura”
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Foro-ciudad.com -  Ultima actualizacion: 29/07/2014

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