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28-03-15 20:21
#12544059
Soneto
Para María Dolores Menéndez López

Soneto II

Un ángel vi de niño en la mirada
De aquella anciana dulce y cariñosa,
Más bella que la aurora perezosa
Cuando apagó su voz de madrugada.

En su cabello blanco la nevada
Hirió el color luciente de la rosa,
Y el pardo de sus ojos hizo hermosa
De su mirar la luz, alma hechizada.

De niño vi en su rostro la dulzura
De aquella vieja a la que, agradecido,
Besaba con amor en la mejilla.

Su voz hablaba llena de ternura,
Amable siempre, en tono suspendido,
Mostrando, con amor, su alma sencilla.

2005 © José Ramón Muñiz ÁlvareZ: “Los arqueros del alba”
28-03-15 20:20
#12544058
“la infancia es una edad que queda lejos” o “si no es tiempo ya de se un niÑo”
“LA INFANCIA ES UNA EDAD QUE QUEDA LEJOS” O “SI NO ES TIEMPO YA DE SE UN NIÑO”

“Breve canto prosístico con tonalidades melancólicas sobre la niñez perdida”

por José Ramón Muñiz Álvarez

Dedicado a sus sobrinos, Mael y Jimena, quienes, como todos, en el fondo de su ser, jamás dejarán de ser los niños que son ahora.

La infancia es una edad que queda lejos, perdida en lo brumoso de los años, que avanzan como el agua por el río que corre con apuro hacia los mares. Y, lejos la niñez, uno recuerda los tiempos de un ayer que ya no existe, perdido en el afán y en la corriente que arranca los segundos y las horas. Los tiempos más dichosos, sin embargo, despiertan en el alma que los tiene callados, contenidos, porque el es fácil guardar como un tesoro los recuerdos. Y el caso es que hay momentos que conducen a recordar las tardes que se esconden en un otoño gris, cuando llovía, si luego salió el sol, lleno de fuerza: el sol dejó en el verde de los prados su aliento de coral, el oro bello que pudo reflejar aquella hierba, después de la tormenta repentina. Y todo se hizo hermoso de repente, de pronto ardió la magia de los cuentos en ese mundo hermoso de los niños, pues ellos suelen ver con agudeza. El alba que despierta en lo lejano, la llama del crepúsculo, a la noche, los vuelos en la charca de un insecto y el paso de la oruga en el camino nos hacen regresar, hallar el arte de ver, como los niños, cuando miran el mundo que se muestra, que se mira, y en quien lo interioriza y lo construye.

Pues son esos los años en que todo parece descubrirse como nuevo, y es siempre emocionante ver las flores que llenan de color un mundo vivo. Un niño, cuando ve una margarita, podrá experimentar las sensaciones que olvidan los adultos, pues no saben que, en algo tan sencillo, está el asombro: el beso de su polen y el destello febril de los colores irradiantes nos dicen la verdad de la belleza del mundo que inaugura cada vida. Pues uno inventa el mundo ya con verlo, saberlo, adivinarlo, hacerlo suyo, que el niño es como un dios ilusionado que puede alzar de nuevo su grandeza. Los montes son hermosos si las cumbres las mira uno cubiertas por la nieve, las aguas del arroyo tienen fuerza, dejándose llevar a su destino, y en su cristal es fácil ver los fondos poblados por el parvo renacuajo, que es pez más que un anfibio (que un muchacho no suele ser con esto puntilloso). Por eso los que escriben la poesía, las gentes que nos llenan de poesía, las almas que suspiran, escuchándola, la luz de la poesía melodiosa, son niños en el fondo, son pequeños que viven respirando sus esencias, chicuelos inocentes inventando las cosas con la fuerza en su mirada.

Yo sé que cada niño es un tesoro, yo sé que cada adulto es un tesoro, si esconde un niño dentro de su pecho, pues habla desde el pecho nuestro espíritu, y el alma, siempre niña, es el milagro que muestra cada brillo en los metales del oro que se esconde en ese cofre que guarda la niñez ante los tiempos. Dejad que el niño crezca, pero siempre tendréis un niño dentro, pues sois niños, igual que yo, que, niño, sé deciros que el mundo es un jardín sin desalientos. Y no existe en el mundo más pureza que la que quiere el niño cuando observa los bichos del camino, si no fueran los pájaros que vemos en el aire. De niño, yo soñaba con los duendes, los viejos enanitos, cuya barba colgaba, encanecida, de su rostro, cubierto por un gorro puntiagudo. Los gnomos habitaban en los níscalos, los blancos champiñones del otoño, quién sabe si en las bellas amanitas que pueden dar la muerte con un beso. Las cuevas escondían los dragones de escamas verdes, llenos de peligro, si acaso el caballero, con su lanza, quería ir a salvar a la princesa. La noche del autillo y de los cárabos llenaba dos mil páginas de un libro cuajado de poesía y de belleza que hablaba de la rara fantasía.

Yo vi, en aquellos años, la gaviota cruzar el cielo azul, pero nublado, con vuelo circular, pues siempre dicen en su lenguaje oculto, cuando llueve. Y vi también volar a las palomas a las que echaban pan algunas viejas, y vi que los gorriones se escondían del vuelo peligroso del milano. La ardilla de los bosques era un lujo que no gocé yo a diario, pero había por mágicos lugares mil ardillas, discretas al notar nuestra presencia. Y yo las vi, saltando por las ramas, corriendo entre las densas arboledas que ofrecen los otoños con colores hermosos de hojarascas moribundas. Y supe comprender lo que decían las aguas del arroyo, de camino, cruzando el pueblo, yendo hacia esos mares que saben a aventuras de otro tiempo. Y el agua, en su descenso, cristalina, me dijo la verdad, me dio su fuego, si gana de vivir, dicha en secreto, tal vez en un susurro perezoso. Y hallé que el ratonero era precioso, con esa majestad tan poderosa, con esa majestad casi envidiable que invita a tener alas por el cielo. Y supe comprender a la libélula prendida entre los hilos que tejieron las patas de la araña, que, malévola, dispuso aquella trampa junto al agua.

Las aguas del Noval corren tranquilas, sinuosas, no muy lejos de ese bosque que junta el eucalipto a los castaños y al roble que desnuda su belleza. Y vuelvo por las frondas donde quise amar esas imágenes y cantos que hicieron que la infancia fuese bella, soñando libertades imposibles. La Fuente de los Ángeles nos dice que llega ya el otoño con su canto: su curso es, en los meses del otoño, pausado, miserable, sosegado. Quedó el verano atrás, tiempo de playa, de pesca muchas veces y de riñas con esos compañeros que comparten los años de la infancia que se fuga. Perán es un lugar maravilloso, la playa en que se forma la bahía que cierra ese lugar donde pescábamos cangrejo verde en tardes calurosas. La espuma de las olas de esas aguas que entraban a engolfarse, en los vocales, traía nuevas presas a las redes de nasas con carnada suficiente. También tenemos rutas que prometen si el caso es caminar en bicicleta, perdiéndose entre montes y eucaliptos, allí donde se plantan los maizales. La carretera es mala y tiene baches, pero eso importa poco cuando gusta dejarse a la aventura del camino.

Es bello recordar esos verano, es bello revivir esos momentos de dichas encendidas, de placeres hermosos, cuando el mundo aun era mundo. Y la visita alegre de los primos, que vienen, muchas veces, en verano de la Argentina inmensa de los mapas, perdidas en confines impensables. Y el gusto por estar en esta tierra tan fértil, tan idílica que es justo decir que este vergel es solo nuestro, parcela del Edén para nosotros. Que el hombre del concejo siente suya la tierra en que nació, la tierra suya, paisajes suyos llenos de belleza, con vientos del Cantábrico al nordeste. Entonces yo dormía en la buhardilla de aquella anciana dulce que solía mimarme como nadie, aquella abuela de pelo encanecido y mirar bello. El canto del autillo en la buhardilla, jugar con las pinturas, dibujando los rostros de leyendas y relatos llenaba de ilusión mi fantasía. Pues cierto es que el carácter que yo tengo se muestra tan romántico que, a veces, se vuelve a lo mistérico y profundo, buscando aquellos tiempos en que había fantasmas en las casas solariegas, princesas en las fuentes y los charcos y lobos en los montes de la zona.

Al cabo, el soñador es siempre libre de alzar su sueño al alto, que su sueño, colmado de belleza y de ternura le dice mil verdades de sí mismo. Y entonces son verdad esas leyendas cantadas en romances por juglares a reyes en castillos del antaño que hubisteis de admirar oyendo cuentos. Y entonces son verdad esos gigantes que llenan la aventura de novelas que cuentan la victoria, en los torneos, del caballero firme y con arrojo. Y entonces son verdad viejos amores de un escudero triste y la princesa que huyó de su palacio, temerosa, de alguna buja vil y granujienta. Y escrito está en los libros el suceso que nunca ha de ocurrir, pero que puede volver a ser verdad cuando suceda, llenando nuestra viva fantasía. Pues cierto es que hubo reyes y castillos, y cultos precristianos donde dicen que brujas alcanzaban a los buenos, por no mezclar dragones con los saurios. Que acaso es la poesía nos devuelve la magia de soñar que hemos perdido nadando entre papeles de oficina que el chupatintas mira sin apuro, sabiendo que su vida es desconsuelo, sabiendo que, aunque amargos, esos cálices los ha de soportar, porque no es niño, si es que no es tiempo ya de ser un niño.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
28-03-15 20:15
#12544053
"bajo un cielo despejado"
"BAJO UN CIELO DESPEJADO"

Bajo un cielo despejado
arde la luz del lucero
que saluda al mundo entero,
donde duerme el campo helado.
Reflejándose en el prado
la llama de su corcel,
mira al sol a ese doncel
que avanza por el camino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

Por el amor ya rendido
y por sus leyes juzgado,
huye de allí, desterrado,
enterrado en el olvido.
Muchacho de amor vencido
que, sin responderle aquel,
mal pudo vengarse en él,
entre dulce y mortecino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

Y, llegado a Normandía,
por la campiña callada,
pisa el prado con la helada
y en ella la luz del día.
Siente la vereda fría,
mira en la costa un bajel,
halla en el cielo el clavel
de un sol que luce mezquino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.

Y por los bellos senderos
canta sus versos cansados,
los labios enamorados
que creyó claros luceros.
Pero fueron traicioneros
los colores del pincel
cuando soñó por vergel
entre las ramas de espino,
donde corre, peregrino
en busca de San Michel.


José Ramón Muñiz Álvarez
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
28-03-15 20:12
#12544050
El canto del autillo en la buhardilla
EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA

Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea.
El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.
De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.
Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.
No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada.
Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.
La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.
El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.
No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.
Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.
Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.
En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.
Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia. Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo.
Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.
Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.
El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.
Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.
El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez
08-03-15 13:34
#12500067
Heladas
Para María Dolores Menéndez López

Soneto I

El viento helado que rozó el cabello,
Llenándolo de escarcha y de blancura,
No osó matar su hechizo, su ternura,
Sus luces, sus bellezas, su destello:

Manchado de granizo fue más bello,
Más puro que la nieve cuando, pura,
Desciende de los cielos, de la altura,
Tan diáfano que el sol luce en su cuello.

Hiriéronla los años, la carrera,
El rápido correr hacia el vacío,
Más no perdió la luz de su alegría.

Sus risas, floración de primavera,
Fluyeron como, rápida en el río,
El agua en su correr, helada y fría.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
08-03-15 00:54
#12499763
Dijo un ángel desde el cielo
DIJO UN ÁNGEL DESDE EL CIELO

Dijo un ángel desde el cielo
tristes versos de una endecha,
cuando, lanzando una flecha,
me llenó de desconsuelo.
Y del flechazo me duelo,
pues de necio escarmenté,
que, por las cosas que sé,
quiero pecar de prudente,
que no ser un inconsciente
del amor y de su fe.

Que, con verme malherido,
faltando a la voluntad,
supo, con su mezquindad,
negarme juicio y sentido.
Que, si antes me vi encendido,
su hielo luego noté,
que, por las cosas que sé,
quiero pecar de prudente,
que no ser un inconsciente
del amor y de su fe.

Y, siendo tan generoso
el ángel cuando convida,
si a cambio pide la vida,
que la pierda el más goloso.
De sus artes receloso,
a su banquete no iré,
que, por las cosas que sé,
quiero pecar de prudente,
que no ser un inconsciente
del amor y de su fe.

Y hay quien, perdido de amores,
con cortar una azucena,
siente que libra su pena,
admirando sus colores.
Mala cosa los amores,
como siempre os lo diré,
que, por las cosas que sé,
quiero pecar de prudente,
que no ser un inconsciente
del amor y de su fe.

Que acaso el desamorado
vive más tiempo gozoso
que quien, en tono amoroso,
se lamenta de s estado.
Muchos otros se han quejado,
de lo cual me burlaré,
que, por las cosas que sé,
quiero pecar de prudente,
que no ser un inconsciente
del amor y de su fe.

Pues no es el amor sensato
ni es prudente el que lo alienta,
pues busca en la cornamenta
la inocencia del cervato.
Porque es cruel ese cegato
cuando dispara y no ve,
que, por las cosas que sé,
quiero pecar de prudente,
que no ser un inconsciente
del amor y de su fe.



2012 © José Ramón Muñiz Álvarez
08-03-15 00:50
#12499755
Pontevedra
“EL PAPEL DE LAS MONARQUÍAS EN LA IMPLANTACIÓN DEL CRISTIANISMO Y LA CURIOSA HEREJÍA DE
PRISCILIANO”
Por José Ramón Muñiz Álvarez

Frente a las creencias judaizantes místicas existentes en el cristianismo que estuvieron vigentes especialmente desde el Siglo de Oro (unas creencias cuyo origen más lejano nos podría llevar a cultos que hubo en la India), están las creencias paganas propias de la religión politeísta antigua que existió, como una especie de “koiné”, es decir, en sus respectivas variantes, a lo largo y ancho de toda Europa y que se solamente pareció perderse para siempre con la llegada del cristianismo. No es de extrañar la ascendencia judaica de gentes como fray Luís de León, Teresa de Jesús y Juan de Yepes, pues existe en los judíos una tendencia marcada a la espiritualidad y al misticismo que han sido herencia del cristianismo abrazado por estas gentes que conocían un misticismo procedente de sus orígenes hebreos. El druida de la tribu, lejos de ahogarse en un mar interior, buscando el espíritu de lo uno, de lo divino, según una tendencia derivada del gnosticismo que pretendía que el hombre es algo desprendido de un Dios único al que ha de regresar, busca la construcción de su interioridad a través de un viaje que debe concluir donde se acaba el mundo, un viaje que no es de ahondamiento en el espíritu, sino de aprendizaje, de creación de un algo donde solamente hay en principio un vacío interior. Y esos confines que se buscan son los llamados en lengua latina “finis terrae”, lugares señalados por ser la zona donde acaba el mundo conocido y comienza el gran misterio del Océano, o por decirlo de otro modo, la Ruta de las Estrellas, una senda antiquísima que se rehabilitó con el nombre de Camino de Santiago, pues la realidad es que la creencia en la estancia del apóstol en tierra gallega es una ficción explicable como la interesada transformación, con la creación de una leyenda, del verdadero significado de la tumba encontrada: la de Prisciliano.
La comprensión de la complejidad de este pasado tan pródigo necesita, desde luego, de una explicación larga y una actitud abierta, toda vez que estamos aprendiendo cosas para las cuales no estamos siempre dispuestos, al no ser algo para lo que las enseñanzas anteriores nos hayan preparado. Debemos remontarnos en el tiempo a una época en la que los dioses eran diversos para los hombres y un tiempo en que todo tomaba sentido en el animismo que emanaba de la naturaleza, que era la gran madre de todos los seres y criaturas. En ese tiempo alejado, las distintas tribus se enfrentaban a una serie de aspectos que no podían comprender científicamente (el rayo, el trueno, la lluvia, las estaciones) y de los que dependía su vida, lo que justifica abiertamente la necesidad de dominar esa veleidad natural, de comunicarse con los espíritus del mundo natural y querer dominarlos, lo que nos pone más ante un fenómeno de hechicería que ante la religión, pues la religión supone la total subordinación a un ser divino que impone una obediencia incondicional. Toda Europa era prácticamente pagana hasta que el cristianismo pasó de ser una religión perseguida a una religión perseguidora, pero, al mismo tiempo, hemos de ver que este proceso de implantación del cristianismo fue lento y duro para los evangelizadores, quienes tenían que armarse de paciencia, como lo hacía San Patricio, ante el regreso de los fieles a las creencias antañonas. El prestigio que toma la religión cristiana con Constantino no aplastó, ni mucho menos, de un plumazo las creencias anteriores, habiendo una dispersión de seres divinos y de cultos a lo largo y ancho de Europa, cuya confluencia no era difícil, puesto que muchas veces, tras ello, estaba un origen común, justificado, probablemente, por las idas y venidas de pueblos distintos que se fueron amalgamando y que asimilaron también lo autóctono.
El cristianismo convivió muchos siglos con las creencias anteriores, con esa disparidad unitaria, esa especie de “koiné” que es la religión ancestral, llegando a producirse un fuerte sincretismo que permite la identificación de los santos con sus antecedentes semidivinos o divinos en los distintos panteones politeístas, de modo que es posible identificar a Belennus con San Juan, por poner un ejemplo: en honor de ambos hay ritos relacionados con hogueras y existe una localidad llamada San Juan de Beleño. Otros ejemplos que se pueden encontrar para el caso de estas creencias diversas extendidas por toda Europa es el parecido existente en la gran multiplicidad de los duendes y de los seres feéricos (hadas, xanes, anjanas, viljas balcánicas, náyades, dríades, nereidas…) y los duendes procedentes de creencias ancestrales y relacionados con los “daimones” mitológicos del mundo grecolatino. El “trasgu” asturiano y sus casi homónimos castellano-leoneses, o el trasno galaico, no son muy distintos de los “kobold” de silesia o de los gnomos y los duendes del mundo nórdico y escandinavo. Cuando no fueron incorporados por el cristianismo, cuando no entraron dentro de lo que es la órbita de lo impuesto a la fuerza, sobrevivieron marginalmente, como en la Antigua Grecia había sucedido con el Orfismo, un culto a Orfeo de carácter no oficial que supone que los Titanes asesinaron a Dionisio y lo devoraron, siendo así que Júpiter los fulminó con su rayo, con una consecuencia clara: el hombre, por lo tanto, mixto de ser divino y titánico, ha de purificar su parte perversa. La marginalidad de las religiones politeístas autóctonas que no fueron recogidas de forma manuscrita y se condenaron a perderse por los siglos de los siglos sigue viva, empero, en la oralidad, en todas esas supersticiones que dan que decir a los curas de las aldeas cuando insisten en que esas creencias son pecado.
Toda esta mezcla se produce necesariamente desde los primeros tiempos de evangelización. Dicha evangelización no es simultánea en toda Europa, pero particularmente interesa la cristianización de zonas como el mundo de la Europa Central, de la zona de la Cornisa Cantábrica en España y del mundo nórdico, teniendo en cuenta que este proceso se produce en época carolingia, por lo que conviene centrarse en el papel cristianizador de Carlomagno y los métodos brutales que el emperador franco empleó contra quien le hizo frente. Además, frente a las intenciones carolingias de extender el cristianismo, está el punto de vista de las gentes sometidas, el de los pueblos paganos, representados por gentes derrotadas que eran convertidas a la fuerza o tratadas con gran dureza (se les quemaba vivos ya en ese tiempo, una tradición ancestral que se remonta a costumbres que aparecen en los celtas de la Galia: quemaban a sus enemigos y a las malas gentes en cestas de mimbre con distintas formas). De todas formas, sobresale el hecho de que, en ese tiempo, parte del mundo cristiano está siendo atacada por paganos, pues la piratería vikinga de Guthrum el Viejo ha llevado a Inglaterra la ley Danesa y, en ese tiempo, los cristianos británicos también se ven forzados a cambiar de religión.
Lo primero que hemos de entender es el carácter que tiene la monarquía en las sociedades tribales, siendo el caso de una monarquía de carácter lectivo, lo que justifica la postura de que los soberanos tenían un gran interés en convertir la monarquía en algo hereditario, para lo que se acude al cristianismo y a la cultura latina. El cristianismo es, curiosamente, la monarquía electiva del papado, de manera que los pontífices cristianos son un ejemplo, como vestigio final, de aquella época de elección de reyes. Pero el poder del Papa es divino y el Papa puede otorgar que el origen real de una dinastía proceda de Dios y no de una necesaria asamblea. Por otra parte, la cultura latina que adoptan los francos carolingios responde a un deseo de Renacimiento, el renacer del latín y de la cultura latina, porque los césares llegaron a tener un imperio hereditario, a pesar de que su origen es muy dudoso (el emperador no es tal hasta tiempo de Augusto, sino un general romano sometido al senado). Favila sucedió al rey Pelayo, y según la leyenda fue muerto por un oso, pero es posible que ya intentase convertir en hereditaria la monarquía asturiana en un tiempo en que la evangelización estaba comenzando solamente. Eso explicaría que la Iglesia de la Santa Cruz de Cangas de Onís se hubiera levantado sobre un dolmen en el mismo lugar donde se cruzan el Sella y el Güeña. Mas adelante, las distintas guerras por el poder se mantienen hasta los tiempos de Alfonso el Casto, y la idea de una monarquía electiva todavía no parece haberse configurado, pero también parece presta a hacerlo (en ese tiempo, Carlomagno lucha con los arábigos y existen relaciones entre reinos que empiezan a decirse cristianos, por lo que aparecera el Sacro Imperio Germánico como supuesto sucesor de Roma y la monarquía asturiana como restauradora de la visigótica). Los tiempos en los que se perfila el Arte Prerrománico Asturiano son un tiempo oscuro en que la religión pagana campa a sus anchas y se empieza a hacer propaganda del carácter demoníaco de las brujas y meigas (sacerdotisas de la religión ancestral) que adoraban a Cernunnus, dios céltico con cornamenta ahora asociado al Maligno hebreo, con cuernos al ser representado como un dios previo a Yavé, es decir, el dios Baal-Molloch, que era el carnero asirio al que los judíos adoptaron como dios, al tratarse de un pueblo de pastores. Y del mismo modo, algo más tardíamente, los reyes vikingos empiezan a hacer lo mismo, lo que supone el olvido de la vieja religión, la pérdida de la adoración de Odín (el Wotan alemán) y de sus hijos.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez
08-03-15 00:46
#12499750
La nobleza del vencido
José Ramón Muñiz Álvarez
“La nobleza del vencido” o “Amor en trescientos versos”
(Consejos de un amante al
escudero)

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EL CABALLERO-. Morir de amores quisiera
la razón de mi cuidado.
EL ESCUDERO-. Otro noble sentenciado
al que le espera la hoguera.
EL CABALLERO-. Y es que de amores muriera
por esa doncella hermosa.
EL ESCUDERO-. Siempre en amores reposa
el corazón del guerrero.
EL CABALLERO-. Y, pues que de amores muero,
no es la ocasión deshonrosa.
EL ESCUDERO-. Siempre suele la nobleza
enredarse en los amores.
EL CABALLERO-. No hay sentimientos mayores
ni más dulce gentileza.
EL ESCUDERO-. Pero, si el amor empieza,
es esa una enfermedad.
EL CABALLERO-. Eso, amigo, es gran verdad,
y veo que tenéis tino.
EL ESCUDERO-. La razón más alta afino
viendo tanta vanidad.
EL CABALLERO-. ¡Qué sabrás tú de amoríos,
de pasión y devaneos!
EL ESCUDERO-. Mas, mi señor, deteneos,
que no tengo tales bríos.
EL CABALLERO-. Pudiera desbordar ríos
el amor con su poder.
EL ESCUDERO-. Y también una mujer
que mostrara su dulzura,
mas para una calentura
que se hubiera de encender.
EL CABALLERO-. Decir tal es un exceso,
que vos no sabéis de amor,
de caricias sin dolor,
de placeres en un beso.
EL ESCUDERO-. Nunca el amor tuvo preso
a este escudero que, sabio,
sabe escapar de su agravio
y burlar esas pasiones.
EL CABALLERO-. ¡Qué plebeyas emociones!
¿Jamás besasteis un labio?
EL ESCUDERO-. Besó mi labio, señor,
cuando ya estaba rendido,
el sabor de un buen cocido,
que es preferible sabor.
EL CABALLERO-. ¿Y es preferible al amor
el cocido de un gañán?
EL ESCUDERO-. Cuando hay hambre, capitán,
más se quiere la comida
que a la dama pretendida,
que no es ni miga de pan.
EL CABALLERO-. Solamente el alimento
parece darte alegría.
EL ESCUDERO-. Y triste la suerte mía,
que en las tripas lo lamento.
EL CABALLERO-. Te oigo gemir como el viento,
que es tan vana plañidera.
EL ESCUDERO-. Cansado, de esta manera,
bajo lluvias y granizo,
quién me diera un buen chorizo
que solazarme pudiera.
EL CABALLERO-. Llama el amor a mi puerta
y piensas tú en el comer.
EL ESCUDERO-. ¿Y, si hay hambre, qué he de hacer,
ya que mi ingenio no acierta?
EL CABALLERO-. Pues has de estar bien alerta
y vigilar mi locura.
EL ESCUDERO-. Y la vieja sepultura
de quien su aliento ha entregado.
EL CABALLERO-. ¿Tú me ves amortajado?
¡Tienes cada chifladura…!
EL ESCUDERO-. ¿Y para qué los quereres,
si no son buena ventura?
EL CABALLERO-. Para afirmar la locura
del amor a las mujeres.
EL ESCUDERO-. ¿Y para qué los prefieres
a la sangrienta batalla?
EL CABALLERO-. Para que allí donde vaya,
no me tenga en menor gloria.
EL ESCUDERO-. ¿Y no basta la memoria
el arrojo en la batalla?
EL ESCUDERO-. ¿Para qué, tras estos hechos,
Tantas palabras derramas?
EL CABALLERO-. Para arrancar a las damas
el corazón de los pechos.
¿Para qué tantos despechos,
querellas extraordinarias?
EL CABALLERO-. Para encender luminarias
en cada oscuro concepto.
EL ESCUDERO-. ¿Para qué tanto precepto,
tantas normas literarias?
EL CABALLERO-. Para admirar la grandeza
de ese dios que es tan perverso.
EL ESCUDERO-. ¿Para qué escribir un verso
con ingenio y sutileza?
EL CABALLERO-. Para cantar la belleza
y expresar tanto dolor.
EL ESCUDERO-. ¿Para qué ser trovador
con tanta melancolía?
EL CABALLERO-. Para escribir la poesía
que se eleva hacia al amor.
EL ESCUDERO-. Yo, que ya fui buen juglar,
que canté mil amoríos,
que supe los extravíos
de quienes quieren amar…
que el amor es lamentar
las ausencias de la amada
hasta que ya la alborada
se asoma en lejana tierra,
pues es el amor la guerra
si el alma está enamorada.
EL CABALLERO-. Pues, desde aquí hasta el castillo,
que mucho camino queda,
cantarás por la alameda
algún romance sencillo,
mientras se asoma el autillo
y nos vigila el mochuelo,
porque, si oscuro está el cielo,
protegerán las estrellas
a quienes tiernas querellas
pronuncian con mucho celo.
EL ESCUDERO-. No es ese el caso, señor,
que yo tal no vaticino.
EL CABALLERO-. ¡Háblame claro, mezquino,
o has de sufrir mi furor.
EL ESCUDERO-. Mi canción no habla de amor,
sino del vientre afligido,
pues se sabe conmovido
por el hambre que lo hiere
y longaniza prefiere
al amor más abatido.
EL CABALLERO-. Perdidos en el sendero,
piensas tan solo en comer.
EL ESCUDERO-. Una posada ha de haber
que tenga un buen mesonero.
EL CABALLERO-. De lo que dices infiero
que ya la noche no tarda.
EL ESCUDERO-. Ved ese sol que se guarda
en el lejano horizonte:
ya se pone tras el monte,
pues el hambre lo acobarda.
EL CABALLERO-. Miro lejana su brasa,
que el bermejo fuego atiza.
EL ESCUDERO-. Yo sueño con longaniza,
que no es cosa tan escasa.
EL CABALLERO-. Cuando lleguemos a casa
podrás comer, y abundante.
EL ESCUDERO-. Qué raro es que un tierno amante
dé en bendecir el comer.
EL CABALLERO-. Tú comerás: yo he de hacer
un soneto delirante.
EL ESCUDERO-. Alguna nueva poesía
para agrado de las damas.
EL CABALLERO-. Bien dices, mas como no amas,
nunca tendrás mi alegría.
EL ESCUDERO-. Iba a ser grande porfía
entregarme yo al amor.
EL CABALLERO-. Imita tú a tu señor
y tendrás mayor estado.
EL ESCUDERO-. Para ser desventurado,
mejor quiero el desamor.
EL ESCUDERO-. Una canción aprendí
siendo niño, y era triste.
EL CABALLERO-. Nada al amor se resiste,
cántala ya para mí.
EL ESCUDERO-. Es asunto baladí
el tema de esta canción.
EL CABALLERO-. Dará alivio al corazón
por los amores vencido.
EL ESCUDERO-. ¿Y no es un tanto atrevido
para tan alto infanzón?
EL CABALLERO-. Pues, desde aquí hasta el castillo,
que mucho camino queda,
cantarás por la alameda
algún romance sencillo,
mientras se asoma el autillo
y nos vigila el mochuelo,
porque, si oscuro está el cielo,
protegerán las estrellas
a quienes tiernas querellas
pronuncian con mucho celo.
Canta y deja de gemir
como suelen las gallinas,
que tú jamás adivinas
que pueda el alma sentir.
Empieza ya.
EL ESCUDERO-. Sé decir
que el amor no me envenena,
ni la clara luna llena
me invitó jamás a hablar,
pero yo sabré cantar
esta canción que enajena.

(Empieza a cantar)

Dicen bien los cortesanos
que la maldad de Cupido
es que es ciego resentido
con delirios soberanos.
Un arco sobre sus manos
y dispuesta la ballesta,
con su dura flecha asesta
las maldades del amor.
Y, dado que está vendado,
con el ánimo más duro,
infunde el amor más puro
a quien llora desdeñado.
Es un muchacho malvado
cuya locura molesta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.
Nunca duerme ni descansa,
y dispara, traicionero,
sus puntas de rudo acero
a la inocencia más mansa.
Donde el agua se remansa
y suspira la floresta,
con su dura flecha asesta
las maldades del amor.
Por eso quien es prudente,
confesándose cobarde,
huye al amor cada tarde,
cada mañana luciente.
Nunca sus brillos consiente
quien teme dura respuesta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.
Viendo ya cada suceso,
he de ser desamorado
de ver al desventurado
que más caro paga un beso.
Pues este niño travieso
a raro licor apesta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.
Que no hay para qué desdenes,
que no hay para qué lamentos,
si quieren los firmamentos
dar al alma mil vaivenes.
Quebraderos en las sienes
esta pasión jamás resta,
si con dura flecha asesta
las maldades del amor.

(Deja de cantar)

Todo en las viejas canciones
ha de entregarse al amor.
EL CABALLERO-. Ni entiendes a tu señor
ni a los nobles corazones:
no comprendes las pasiones
donde el alma, ya vencida,
para gozar de la vida,
quiere jugar a perderla,
que la vida es rara perla
que a la muerte da guarida.
En todo caso diré,
que siendo el mayor amante,
del amor, en un instante,
sus maldades mostraré.
EL ESCUDERO-. Yo, que de amores no sé,
quiero escucharos atento.
EL CABALLERO-. Pues que me acompañe el viento
mientras canto la canción
que alas cede al corazón
que sabe escalar el viento.

(Empieza a cantar)

Ya quiera el amor la guerra,
ya quiera el amor la paz,
como es Cupido sagaz
y afamado en esta tierra,
viendo que cruza la sierra
para hacer mayor el daño,
de su fe me desengaño
sin dolor.
Y, como es niño atrevido,
para no hacerme el valiente,
mézclome yo entre la gente
por pasar inadvertido,
que acabo, si no, dolido
y, viéndolo tan extraño,
de su fe me desengaño
sin dolor.
Y no son raras manías,
ahorrar en sufrimiento,
que todo es verse memento
tras sufrir sus felonías,
pues que, lleno de alegrías,
si es amante del engaño,
de su fe me desengaño
sin dolor.
De modo que la cautela
debe ser bien extremada,
porque una flecha dorada
es arma que el alma hiela,
y si es de plomo y desvela
un mal terrible y tamaño
de su fe me desengaño
sin dolor.

(Deja de cantar)

No es amor agradecido
con sus muchos seguidores.
EL ESCUDERO-. ¿Pero tanto hablar de amores
no se os antoja aburrido?
EL CABALLERO-. Cuando el amor se ha encendido,
nunca deja de hechizar.
EL ESCUDERO-. Es el amor como el mar
traicionero y peligroso.
EL CABALLERO-. El sentimiento amoroso
os juro que sabe a mar.
EL ESCUDERO-. Pues ya la noche ha llegado
a ese cielo que, cobarde,
rinde la luz de la tarde
a un crepúsculo callado.
EL CABALLERO-. Ya la lechuza ha escuchado
la llamada del autillo.
EL ESCUDERO-. Tórnase el cielo amarillo
con la luna nocturnal.
EL CABALLERO-. Hemos llegado al final:
allí se admira el castillo.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez
08-03-15 00:31
#12499732
El árbol deshojado de tu risa
Soneto XIII

El sol buscó un crepúsculo callado
Detrás de las montañas y cordales,
Las luces, las estrellas celestiales
Que al orto dan, desde su principado.

El oro fue en los mares reflejado
Y el vuelo alzaste, yendo a los cristales
Del alba, cuyos brillos celestiales
Ardieron en un cielo despejado.

El árbol deshojado de tu risa
Las noches desnudaron sin apuro,
Las horas, las auroras y la brisa.

Desnuda pudo verte el aire puro,
Errante voladora tu sonrisa
Donde cayó, a la noche, un sol oscuro.




2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Las campanas de la muerte”
Primera parte: "Los arqueros del alba"
07-03-15 23:55
#12499682
La noche vino larga y duradera
Para María Dolores Menéndez López

Soneto III

La orilla alborotó un mar coralino
Y el cielo asaltó, puro y despejado,
Aquel caballo raudo que, embrujado,
Pincel se hizo del aire cristalino.

Y hallaste, al avanzar en el camino,
Crepúsculos sin voz, un mar dorado,
Y pudo descansar, ya fatigado,
Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino.

La noche vino larga y duradera
Con el amanecer, robando el día,
Su luz, su brillo, toda la hermosura:

Mi pecho será luz, y, dondequiera,
Habrá de iluminarte cuando, fría,
Te aceche, sin pudor, la noche oscura.

2005 © José Ramón Muñiz Álvarez
“Los arqueros del alba”
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Foro-ciudad.com -  Ultima actualizacion: 30/03/2015

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